En las últimas semanas vimos un cambio curioso en la comunicación del presidente. La actitud explosiva que caracterizó su estilo inicial pareció dar paso a una versión más calma, más contenida y –al menos en la superficie– más dispuesta a mostrarse conciliadora. Ese giro, que a primera vista podría interpretarse como un intento de ampliar el diálogo y hacer que su mensaje llegue más allá de los exabruptos, no se trasladó del todo a sus decisiones de gobierno. Es un cambio de modales, no de rumbo.
Tras casi un mes de las elecciones que le dieron al oficialismo un nuevo impulso, el Presidente pareció convencerse de que la sociedad le dio un respaldo emocional, casi afectivo, más que circunstancial. Interpretó el apoyo como un acuerdo pleno a su programa, cuando en realidad, si uno escucha con atención lo que sucede en la calle, en los hogares y en los comercios, encuentra un clima muy distinto.

Es un error común en la política: confundir el acompañamiento electoral con un cheque en blanco a la gestión. A veces, el voto no es una declaración de adhesión, sino un mensaje mucho más simple: no queremos volver atrás. Un electorado cansado, desconfiado y temeroso del pasado reciente puede votar hacia adelante sin necesariamente abrazar el proyecto que tiene enfrente.
En este caso, una parte importante de la sociedad votó no tanto por entusiasmo sino por rechazo; no tanto por convicción sino por hartazgo; no tanto por amor sino por agotamiento. Las elecciones no borran los matices, solo los esconden por un rato. Y el peligro está en gobernar como si esos matices no existieran.
Mientras tanto, y casi en paralelo a ese optimismo presidencial, las provincias esperan. Esperan que la economía arranque, que haya señales claras de que el ajuste tendrá un fin, que el famoso derrame –tantas veces prometido, tantas veces pospuesto– se traduzca en algo concreto. Porque detrás de las estadísticas y las curvas macroeconómicas hay vecinos que cada día sienten que el esfuerzo se multiplica, pero las oportunidades no. Familias que no quieren convertirse en emprendedores por obligación, sino tener un trabajo estable que les permita proyectar. Personas que no buscan “apostar”, sino simplemente sostenerse.

Las promesas de campaña –menos impuestos, dolarización, prosperidad construida sobre el dolor del presente– empiezan a sentirse lejanas frente a una realidad que golpea. Las economías regionales, históricamente el pulmón de muchas provincias, hoy no logran proporcionar el alivio que antes generaban. Y las medidas que se toman en nombre de la libertad económica, cuando se traducen en desregulaciones abruptas, suelen dejar más expuestos a los eslabones más débiles de la cadena.
Misiones es un ejemplo palpable. Uno de sus productos emblemáticos, la yerba mate, atraviesa un deterioro silencioso pero profundo. La desregulación del INYM bajo el argumento de que “el mercado debe fijar el precio” ignora algo esencial: el mercado no siente calor, ni hambre, ni agotamiento. El mercado no sostiene una azada bajo el rayo de sol. El colono sí. Y ese colono lleva meses viendo cómo su economía se desarma de a poco, cómo su trabajo ya no vale lo que solía valer, cómo decisiones tomadas a cientos de kilómetros golpean de lleno en su chacra.

Hay productores que, después de años de esfuerzo, de educar hijos con lo que daba la tierra y de proyectar un crecimiento digno, hoy llegan al punto de destruir plantaciones porque no pueden sostenerlas. No es un dato técnico: es un drama humano.
Y como ese colono, hay cientos en distintos sectores de la provincia, desde agricultores hasta pequeños empresarios, pasando por transportistas, cooperativistas y trabajadores de servicios. La cadena siempre se corta del lado más frágil, y cuando las decisiones no consideran esa fragilidad, el impacto se multiplica.
La espuma electoral, esa sensación de euforia y legitimidad reforzada que vive el gobierno nacional, todavía no baja. El riesgo es que esa espuma crezca tanto que no deje ver lo que realmente hay en el vaso. Porque la gobernabilidad no se sostiene con espuma: se sostiene con comprensión, acuerdos básicos y una mirada realista sobre lo que las provincias necesitan.

Y quizá ahí esté el punto más importante de esta semana: Argentina necesita menos épica y más escucha; menos euforia y más realidad; menos peleas arriba y más pactos abajo. Porque mientras discutimos el rumbo macro, las realidades micro se deterioran. Lo urgente y lo importante volvieron a pelearse, y lo urgente está ganando por goleada.
Cuanta espuma estamos dispuestos a tolerar antes de exigir que el contenido sea visible. La política puede elevar el tono, cambiar el estilo, moderar gestos; pero lo que termina definiendo la vida de la gente no es la retórica, sino las decisiones. Y si las decisiones no miran al país profundo, entonces el diálogo que tanto se pregona será solo una ilusión óptica.



//



