solari michelli
En ciertas ocasiones, algunos descarados lindos varoncitos de oro transcurren la suerte de gobernar un país, y desde allí pronostican el futuro de millones de personas como si este estuviera ligado al único designio de sus pasiones individuales y no bajo la lupa implacable del bien común. Se encierran en la soberbia de los espejos, pretendiendo que la realidad se adapte a sus dogmas teóricos, sin comprender que los pueblos no son laboratorios ni los ciudadanos variables de un frío esquema matemático.
Cuando el poder se ejerce desde el capricho personal, la distancia entre el palacio y la calle se vuelve un abismo insalvable, y es allí donde comienzan a gestarse los errores trágicos que la historia rara vez perdona a los gobernantes mesiánicos.
Por un lado, y pasando bastante desapercibido por los grandes medios de comunicación nacionales, la última semana tuvo un momento de tensión institucional extrema cuando el presidente, de manera caprichosa y arbitraria, se rehusaba a que se designe como jueza a María Verónica Michelli. El motivo detrás de este bloqueo resulta tan menor como miserable: la postulante es un familiar directo del periodista Hugo Alconada Mon, quien desde hace un tiempo investiga con rigurosidad las actuaciones del gobierno libertario y los oscuros negocios de sus distintos funcionarios de turno.

Esta represalia encubierta expone una matriz de pensamiento alarmante, donde las instituciones del Estado y la justicia misma dejan de ser herramientas republicanas para transformarse en garrotes de venganza personal contra el libre ejercicio del periodismo.
Este conflicto de intereses no solo quedó en el plano administrativo, sino que enardeció la interna del partido de Javier Milei al momento donde uno de sus estandartes principales, la Senadora Patricia Bullrich, se plantó con firmeza ofreciendo su renuncia a la jefatura del bloque en esta cámara legislativa. Su postura dejó absolutamente claro que ella no estaba de acuerdo bajo ningún punto de vista con oponerse a la legítima designación de esta jueza, a quien asegura conocer desde hace años en el ámbito judicial, descartando de plano toda adjetivación maliciosa que ponga en duda su independencia, su trayectoria e imparcialidad.
La fractura interna expone el choque entre la realpolitik de quienes entienden el peso de las instituciones y el extremismo de quienes pretenden gobernar mediante el enemigo único.

Aquí es donde cobra relevancia la advertencia de pensadores como Hannah Arendt o Raymond Aron sobre el riesgo de los paralelismos en política. Los gobiernos autoritarios suelen caer en la tentación de trazar analogías falsas, creyendo que el presente es un reflejo exacto de batallas pasadas. Al forzar estos paralelismos, los gobernantes anulan la novedad de los hechos actuales y combaten fantasmas ideológicos en lugar de gestionar la realidad.
Confunden la crítica periodística con conspiraciones del pasado y la independencia judicial con traición. Como explicaba Aron, estas analogías engañosas son un recurso de comodidad intelectual que utiliza el poder para justificar su propia intolerancia, ignorando que cada época tiene su propia especificidad y que los pueblos cambian, aunque las recetas del autoritarismo sigan siendo las mismas.
En la misma sintonía, y con esa particular y violenta manera de interpretar a la patria, el presidente actuó con una crueldad inusitada ante el dolor profundo que sufren millones de argentinos por la pérdida del reconocido músico y compositor Carlos el “Indio” Solari. Estamos hablando de un artista inmenso que trascendió generaciones enteras, géneros musicales y hasta la misma cultura del rock nacional, convirtiéndose en la banda de sonido de las alegrías y las resistencias populares. El gobierno decidió negarle el Congreso de la Nación para su velatorio público, vinculando de forma mezquina la decisión a las conocidas expresiones del músico en favor de opiniones kirchneristas.

Al hacerlo, intentaron desacreditar una historia artística gigantesca que no comenzó con el kirchnerismo, sino mucho antes, brotando de las enormes injusticias sociales que sometieron a muchas generaciones de nuestro país.
Esta falta de consideración y respeto por parte de los gobiernos son las que marcan un antes y un después en la memoria colectiva. La confusa interpretación del poder público —es decir, del voto popular que reciben en las urnas— lleva al gobernante a expresarse sin comprender el verdadero sentir social, el pulso de la calle y el amor incondicional por los artistas que forjaron la historia grande de la cultura argentina. Estos son, precisamente, los errores de fondo que cuecen y destruyen las ambiciones de renovar en la presidencia un período más. El poder es transitorio, pero los mitos populares son permanentes.
Esta dificultad evidente que describimos para alcanzar una reelección no viene dada únicamente por los errores técnicos de gestión económica o por el crecimiento natural de una fuerza popular que se erija como alternativa política en la oposición.

El verdadero obstáculo es el mismo precio ético que debe pagar aquel que gobierna sin comprender que, además de la Constitución Nacional, hay una idiosincrasia, una manera de ser, un lazo invisible que une a los ciudadanos. Ese es el carácter que da razón e identidad a un país. Independientemente de quién lo gobierne desde los despachos de Buenos Aires, la sangre de la gente seguirá siendo roja y el sufrimiento tendrá un límite.
Los reveses que la política tiene guardados en su devenir suelen ser absolutamente incomprensibles para aquellos que, desde la comodidad absoluta del poder y el aislamiento de sus despachos, miran hacia abajo al pueblo con desprecio.
Aunque confunden el sufrimiento económico con una herramienta para someter y luego domesticar al pueblo argentino, deben saber que esta sociedad ya ha sufrido y superado cosas peores que estas que se viven en la actualidad. Es decir que, aunque el dolor exista y golpee a diario, el ciudadano sabrá siempre que la esperanza no tiene un color político exclusivo, sino el anhelo de un Estado que acompañe y proteja.
La ideología, entonces, es un modo de entender la vida, la guía que administra las identidades políticas legítimas. Sin embargo, son estas estructuras las que deben ser sometidas y humanizadas al momento de ser elegidas para administrar el Estado nacional. De lo contrario, las más puras expresiones de nuestro encuentro cultural, encarnadas en aquellos que supieron iluminar cientos de caminos con el arte, serán las que se encontrarán en las calles reclamando su espacio y su lugar legítimo.
Este pequeño y soberbio desprecio oficial hacia los íconos populares puede convertirse, finalmente, en la chispa que encienda la llama de los reclamos que la gente viene soportando hace casi tres años en un doloroso silencio.



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