En un escenario económico que busca dejar atrás la volatilidad de 2025, la política monetaria argentina comienza a mostrar señales de normalización. Desde fines de febrero de 2026, las tasas de interés en pesos —particularmente en instrumentos como cauciones, plazos fijos, Lecaps y préstamos a empresas— se ubican por debajo de la inflación esperada, configurando un terreno propicio, en teoría, para la expansión del crédito y la recuperación de la actividad.
Sin embargo, esa baja no se traduce en el bolsillo de las familias. Los créditos personales, prendarios y el financiamiento vía tarjetas mantienen tasas significativamente más altas, lo que limita su acceso y reduce su potencial como motor de consumo. En otras palabras, el crédito existe, pero no llega en condiciones accesibles a quienes más lo necesitan.
Créditos personales: tasas elevadas y morosidad en aumento
El caso de los préstamos personales es particularmente crítico. Según datos del Banco Central, el nivel de morosidad alcanzó el 13,8% en febrero, reflejando un deterioro en la capacidad de pago de los hogares. Como respuesta, las entidades financieras elevan las tasas para cubrir el riesgo: la Tasa Nominal Anual (TNA) ronda el 64%, prácticamente duplicando la inflación proyectada para los próximos doce meses.
Este fenómeno revela una dinámica compleja: mientras el sistema financiero reduce rendimientos en instrumentos menos riesgosos, endurece las condiciones para los segmentos más vulnerables. El resultado es un crédito selectivo, que no logra expandirse ni impulsar el consumo.
Estrategia oficial: entre la reactivación y el control inflacionario
El Gobierno nacional, a través del Banco Central, implementó medidas orientadas a aumentar la liquidez: reducción de encajes, compra de divisas en el mercado cambiario y una política de tasas más laxas. Estas decisiones buscan estimular la actividad económica en un contexto donde solo algunos sectores muestran crecimiento, con baja generación de empleo.
No obstante, esta estrategia convive con una política fiscal contractiva por parte del Tesoro, que absorbe pesos mediante licitaciones de deuda. El resultado es una estrategia ambigua, donde conviven señales expansivas y contractivas.
De acuerdo con un informe del Instituto Interdisciplinario de Economía Política (IIEP) de la UBA, elaborado por el economista Joaquín Waldman, la prioridad del Gobierno parece haber girado: la inflación sigue siendo relevante, pero la preocupación por el nivel de actividad comienza a ganar terreno. La caída mensual de la economía en febrero, el deterioro de los ingresos reales y el descenso en la confianza del Gobierno son indicadores que encienden alertas.

Bancos, rentabilidad y restricción del crédito
El rol del sistema financiero es clave para entender por qué la baja de tasas no se traslada al crédito personal. Según el economista Sebastián Menescaldi, de la consultora EcoGo, los bancos enfrentan un escenario de rentabilidad acotada, donde los préstamos personales se convierten en uno de los pocos segmentos que compensan pérdidas.
A esto se suma una restricción estructural: la relación entre cuota e ingreso de los hogares se encuentra al límite. En un contexto de salarios rezagados y empleo estancado, las entidades no pueden expandir significativamente el crédito sin aumentar el riesgo de incobrabilidad.
En la misma línea, el analista Gabriel Caamaño advierte que los elevados encajes —con un piso cercano al 65%— encarecen la intermediación financiera. Esto amplía el spread entre tasas pasivas y activas, dificultando la reducción del costo del crédito al consumidor.
El delicado equilibrio macroeconómico
La baja de tasas también plantea riesgos en el frente cambiario. Según Waldman, un entorno de tasas reales negativas puede incentivar la demanda de dólares, especialmente si la devaluación esperada se alinea con los rendimientos en pesos. Este escenario configura un riesgo asimétrico: es más probable un salto cambiario que una apreciación sostenida.
En ese marco, una combinación de dólar en alza y tasas en baja podría beneficiar a los sectores exportadores, mejorando su competitividad. Pero al mismo tiempo, podría acelerar la inflación, tensionando uno de los principales objetivos del Gobierno.
Un crédito que no arranca y una economía que espera
El diagnóstico de los especialistas converge en un punto: sin mejora en los ingresos reales y sin una reducción sostenida de la morosidad, el crédito difícilmente se convierta en motor de la reactivación económica.
El equipo económico enfrenta así un desafío complejo: sostener tasas bajas para estimular la actividad, sin desanclar expectativas inflacionarias ni presionar el mercado cambiario. En ese delicado equilibrio, el crédito a las familias aparece como una pieza clave que, por ahora, sigue sin encajar.
Alquileres en crisis: “El mercado tiene sus propias reglas y el inquilino no le queda otra que aceptar o irse”https://t.co/FINVDTo5Kf pic.twitter.com/gmDznPp4Du
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