Con la cuenta regresiva hacia la asunción de las nuevas autoridades en el Congreso, el Gobierno nacional terminó de mover las fichas de su gabinete. Este sábado se confirmaron los reemplazos en dos carteras sensibles: Seguridad y Defensa, dejadas por Patricia Bullrich y Luis Petri para asumir sus bancas en el Senado.
En Seguridad, la sucesión fue casi natural. Alejandra Monteoliva —mano derecha de Bullrich, cultora ortodoxa de la célebre “Doctrina” y con experiencia en Córdoba y en la Secretaría de Seguridad nacional— toma el control sin mayores sobresaltos.
Pero donde realmente se encendieron las alarmas, y los micrófonos militantes, fue en Defensa. Allí el Gobierno eligió a Carlos Presti, Teniente General y jefe del Estado Mayor del Ejército, convirtiéndose en el primer militar desde el retorno democrático en conducir el Ministerio. El propio comunicado oficial dejó clara la intención del movimiento: inaugurar una tradición que “ponga fin a la demonización de nuestros oficiales, suboficiales y soldados”.
Y como era lógico, el kirchnerismo salió disparado a denunciar el apocalipsis institucional, denunciando el fin de la “pulcritud civil” en cargos militares. Los mismos que hablan de pureza institucional, dicho sea de paso, son los que dejaron atrás un historial bastante menos impoluto en sus propios Ministerios de Defensa. Repasemos brevemente esta colección de estampitas:
- Nilda Garré (Néstor y Cristina): procesada por presunto doble cobro de sueldos públicos gracias a una remuneración obtenida por un registro automotor.
- Arturo Puricelli (Cristina): imputado por irregularidades millonarias en licitaciones antárticas —barcos, helicópteros, contratos imposibles— durante la Campaña Antártica.
- Agustín Rossi (Alberto Fernández): investigado por sobreprecios en alimentos para las bases de la Antártida y, de yapa, ministro al que se le “extraviaron” 20.000 municiones en Santa Fe.
- Jorge Taiana (Alberto Fernández): denunciado por un presunto desvío de más de 20 millones de dólares del FISU y un prontuario político que incluye su militancia montonera.
Estos fueron los “guardianes” elegidos por el kirchnerismo para conducir nada menos que la defensa nacional, una de las funciones esenciales de cualquier Estado moderno. Entre ajustes, recortes, purgas ideológicas y desmantelamiento presupuestario, dejaron nuestras Fuerzas Armadas con músculo del siglo XIX y recursos del XVIII.
Por eso hoy resulta casi cómico —si no fuera trágico— verlos indignarse por el nombramiento de un profesional que dedicó toda su carrera precisamente a formarse para la tarea que ahora le asignan. La objeción, claro, no es técnica: es dogmática. Una reacción automática, casi pavloviana, contra todo lo que huela a uniforme, aun cuando quienes los critican se rodearon de funcionarios con causas, imputaciones o desmanejos que harían sonrojar a cualquiera con verdadera vocación institucional.
El sesgo ideológico nos ha costado demasiado como país. Y si algo queda claro con este episodio, es que algunos sectores prefieren seguir adorando el mito de su propia pulcritud antes que admitir la magnitud de sus contradicciones. Porque de todos los fantasmas que invoca el kirchnerismo, el más insistente parece ser el miedo a perder el monopolio del relato. Incluso cuando la realidad les pasa factura, una vez más.
Por Dr. Bryan Villalba.



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