En tiempos de profunda introspección, motivados por el silencio de una fecha significativa o por la costumbre de mirarnos hacia adentro en un momento tan caro para el pueblo cristiano, buscamos analogías que nos permitan repasar nuestros pasos. Revisamos en qué medida sostenemos un corazón abierto y sincero, y en qué momentos, quizás, nos falta mayor atención.
En ese ejercicio aparecen líneas rectoras que orientan el camino para el resto del año. Y, sin dudas, la crucifixión constituye uno de los hechos más trascendentes para el pueblo cristiano. Detenerse en cada uno de sus momentos no es solo un acto de fe, sino también una oportunidad para comprender en qué punto nos encontramos como sociedad.

En ese sentido, durante su paso por Radioup, el padre Alberto Barros —una de las voces que convive cotidianamente con el dolor social en Posadas— aportó una mirada que interpela. Sostuvo que la Argentina no está solamente en crisis, sino “crucificada”: atravesando sufrimiento, sacrificio y una profunda caída social.
No se trata de una definición liviana. Hace más de dos años que venimos describiendo situaciones puntuales y generales en el país, apoyándonos en hechos y en analogías que remiten a procesos históricos. Herramientas que no solo permiten comprender el presente, sino también proyectar posibles desenlaces.
Sin embargo, hay algo que empieza a volverse cada vez más difícil de ignorar. Resulta abrumador observar cómo, día a día, las calles encuentran un nuevo inquilino, los contenedores de basura suman comensales y la mirada indiferente —cuando no cargada de desprecio— comienza a naturalizarse.

Frente a esto, surge una pregunta inevitable: ¿cuál es el límite? ¿En qué punto esta realidad angustiante dejará de profundizarse y comenzará a revertirse? ¿Cuándo las oportunidades volverán a ser una posibilidad concreta para el conjunto de la sociedad y no para un grupo reducido que encuentra en determinadas condiciones económicas un terreno fértil para su crecimiento?
Porque mientras algunos indicadores pueden mostrar dinamismo, la vida cotidiana transita otro carril. Y es allí donde las simplificaciones pierden sentido. Reducir la complejidad económica a frases efectistas no la explica: la desdibuja. Más que metáforas ruidosas, lo que hace falta es claridad y responsabilidad.
Cuando el deterioro se vuelve persistente, lo que aparece no es solo una crisis económica, sino una transformación más profunda. La angustia generalizada, la pérdida de horizonte y la imposibilidad de sostener incluso valores como la solidaridad —no por falta de voluntad, sino por falta de recursos— empiezan a configurar un escenario que remite, inevitablemente, a la idea de una sociedad en su propio proceso de crucifixión.

En ese marco, también emerge otra dimensión del problema: la percepción de que el rumbo no responde a un proyecto colectivo, sino a intereses parciales. Durante un tiempo, muchos creyeron que romper con lo anterior era una condición necesaria para ordenar el país. Pero hasta aquí, lo que se observa con mayor claridad es una tensión creciente entre sectores que sienten que han perdido y otros que han logrado reposicionarse.
Por eso, más que discutir etiquetas ideológicas, conviene recuperar una mirada crítica. El capitalismo, en sí mismo, no es un fin, sino una herramienta. Y como tal, su valor depende del uso que se le dé. Para un país como la Argentina, con profundas desigualdades estructurales, el desafío sigue siendo organizar y ordenar sus recursos en función de prioridades claras, evitando que las brechas sociales terminen erosionando el entramado común.
Ahora bien, el interrogante central persiste: ¿qué ocurre cuando quienes deben prever alternativas no lo hacen? ¿Qué sucede cuando la conducción política pierde capacidad de respuesta o se desconecta de las necesidades reales de su población?

Las señales aparecen con nitidez. El crecimiento de patrimonios concentrados en paralelo con el debilitamiento de una clase media históricamente trabajadora, o la imagen —cada vez más frecuente— de personas que, con vergüenza, se acercan a Cáritas en busca de alimentos o abrigo, no son hechos aislados. Son expresiones concretas de un proceso social que duele.
Allí es donde la analogía vuelve a cobrar sentido. Porque más allá de las interpretaciones, lo que se percibe es una sociedad atravesando su propio vía crucis. Y en ese camino, no alcanza con observar ni con esperar.
En este punto, resulta imprescindible recuperar el sentido profundo de la democracia. No como una herramienta de asistencia, sino como un sistema que garantice la incorporación efectiva de los ciudadanos a los mecanismos del Estado. Un esquema que asegure condiciones mínimas de alimentación, sostenimiento y desarrollo.

Se trata, en definitiva, de construir una sociedad donde formar una familia no sea una elección atravesada por la incertidumbre permanente, sino una posibilidad concreta de crecimiento. Porque cuando esas condiciones fallan, la vida social se distorsiona: ya no se trata de avanzar, sino de evitar caer.
Es allí donde la democracia encuentra su verdadero valor. No solo en la garantía de derechos, sino en la capacidad de habilitar instrumentos que permitan observar, cuestionar y corregir a quienes gobiernan, incluso cuando sus decisiones resultan equivocadas o insuficientes.
De lo contrario, el riesgo deja de ser exclusivamente económico. Se vuelve institucional, social y profundamente humano.

Hoy, incluso, el debate parece haber corrido su eje. Ya no se discute únicamente la creación de herramientas para sostener ingresos o contener emergencias. Lo que aparece es algo más elemental: la necesidad de disminuir el dolor.
Porque cuando una sociedad comienza a naturalizar el sufrimiento, el problema ya no es solo de gestión. Es de rumbo.
Y en ese contexto, la advertencia es clara: ningún proceso puede sostenerse indefinidamente de espaldas a la realidad. Tarde o temprano, los hechos imponen su propio orden.



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