El fallo judicial por YPF en Estados Unidos le dio un respiro a Argentina, pero también dejó expuestas fallas políticas y de comunicación del Gobierno en un momento clave. Para un náufrago que atraviesa olas altas y vientos fuertes, un salvavidas que cae desde algún lugar no es una solución: es una oportunidad. Es, en todo caso, una pausa en medio de la tormenta. La posibilidad de no hundirse.
Algo de eso ocurrió en las últimas horas con el fallo de la Justicia de Estados Unidos en el caso de YPF. En un contexto adverso, con un gobierno golpeado por su propia dinámica y por errores no forzados, la resolución apareció como un alivio necesario. No resuelve el problema de fondo, pero sí otorga algo que en la política argentina vale oro: tiempo.
Ahora bien, el punto no es la existencia del salvavidas, sino qué se hace con él.

La ausencia de política
Hasta acá, la reacción oficial no parece estar a la altura de la oportunidad. El gobierno eligió confrontar en lugar de descomprimir, reaccionar antes que ordenar y defenderse sin construir una narrativa que le permita sostener su propia posición. En ese movimiento vuelve a aparecer una constante: la ausencia de política como herramienta de gestión.
Porque en política no alcanza con tener razón. Hay que construir legitimidad. Y esa legitimidad no se declama ni se impone; se trabaja. Se construye con inteligencia, con timing y con capacidad de lectura del contexto.
Nada de eso parece estar ocurriendo.

Soberbia y desgaste
Lejos de corregir el rumbo, el oficialismo insiste en una lógica que mezcla convicción con soberbia. Y esa actitud no solo se expresa en la Casa Rosada. También se replica en niveles locales, donde algunos funcionarios se mueven con gesto adusto y actitud santurrona, señalando y deslegitimando a trabajadores del Estado que no militan ni hacen política partidaria, pero que cumplen funciones esenciales.
Ese camino no ordena ni mejora la gestión. La debilita.
Porque cuando todo se reduce a marcar errores ajenos, lo que se pierde es autoridad propia.

El error de la ansiedad
En ese contexto, la reacción frente al fallo por YPF expuso otro problema: la ansiedad. La necesidad de mostrar rápidamente una buena noticia terminó generando una comunicación desordenada, más cercana a la celebración interna que a la explicación pública. Redes sociales cargadas de consignas, una cadena nacional que perdió la oportunidad de hablarle a toda la sociedad y un tono que, lejos de cerrar una etapa, volvió a abrir la grieta.
Ahí es donde aparece una paradoja incómoda para el gobierno.
El pasado que vuelve
El fallo, que en términos económicos representa un alivio, también habilita una lectura que fortalece —al menos parcialmente— la posición histórica del kirchnerismo. La estatización de YPF en 2012, impulsada por Cristina Fernández de Kirchner, fue presentada en su momento como una decisión estratégica vinculada a la soberanía energética. Más allá de las críticas sobre su implementación, lo cierto es que contó con un respaldo político amplio en el Congreso.
A eso se suma que, desde el inicio del litigio, ese espacio sostuvo que la demanda de los accionistas minoritarios tenía debilidades. El fallo reciente, en algunos aspectos, parece darle sustento a esa posición.

Lo que no se está leyendo
Pero hay algo más que el gobierno no terminó de leer.
El contexto global. Con Vaca Muerta como uno de los principales activos energéticos del país, YPF no es solo una empresa ni un caso judicial. Es una pieza estratégica en el futuro económico de la Argentina. Y cuando lo que está en juego es estructural, la comunicación no puede ser improvisada.
Porque comunicar mal también es gobernar mal.
Un margen cada vez más corto
La necesidad de mostrar fortaleza inmediata terminó exponiendo debilidad. No por el contenido del fallo, sino por la forma en que se lo administró políticamente. Y en un gobierno que hizo de la comunicación uno de sus pilares, ese error pesa el doble.
La política argentina, además, no suele otorgar demasiado margen.
Los ciclos de legitimidad inicial son cortos. El entusiasmo con los nuevos gobiernos rara vez supera los dos años. Después de ese período, empiezan a pesar los resultados. Y cuando los resultados no aparecen, otros actores ocupan ese espacio. No es una anomalía: es el funcionamiento clásico del poder.
Advertencia en forma de alivio
La Argentina ya atravesó una crisis reciente marcada por un factor externo, como fue la pandemia. Hoy el escenario es distinto. Muchas de las tensiones actuales no son consecuencia de un shock internacional, sino de decisiones propias. Errores no forzados que profundizan desigualdades, deterioran la clase media y debilitan la estructura productiva.
En ese marco, el fallo por YPF aparece como un alivio. Pero también como una advertencia.
Porque lo que hoy puede leerse como un impulso puede transformarse rápidamente en un problema si no se corrigen las formas, los tiempos y la forma de ejercer el poder.
El fondo de la cuestión
No se trata solo de evitar hundirse.
Se trata, en todo caso, de aprender a gobernar cuando el agua baja.
Se trata de entender que, cuando el agua baja, ya no alcanza con sostenerse: hay que saber hacia dónde se está navegando.
Porque el poder no se pierde cuando falta aire, se pierde cuando no se sabe para qué se respira.



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