Hay una constante cultural que atraviesa a la Argentina desde hace décadas y que explica buena parte de sus fracasos colectivos: la dificultad para convivir con el éxito ajeno. En cualquier sociedad razonablemente sana, los casos de talento, esfuerzo o innovación se celebran. Se exhiben como ejemplos. Se convierten en símbolos de lo que un país puede producir cuando el mérito encuentra su camino.
Aquí ocurre algo distinto.
En la Argentina existe un sector político y cultural que parece haberse especializado en una práctica bastante singular: odiar a quienes triunfan. No por lo que hicieron mal —porque, como cualquier ser humano, todos cometen errores— sino por algo mucho más imperdonable dentro de cierta lógica ideológica: haber tenido éxito sin alinearse previamente con el relato correcto.
La escena que se vio en los últimos días es una muestra bastante nítida de este fenómeno. La aparición de Lionel Messi junto a Donald Trump en una visita protocolar a la Casa Blanca —algo que forma parte de una tradición para los campeones de la Major League Soccer— fue suficiente para desatar una catarata de críticas desde sectores del kirchnerismo y de cierta izquierda militante.
No importa que Messi sea el mejor futbolista del planeta.
No importa que haya sido el capitán que llevó a la Argentina a ganar el Mundial.
No importa que sea una de las figuras deportivas más admiradas del mundo.
El problema, para algunos, es otro: Messi nunca se convirtió en un militante del relato.
Nunca levantó consignas partidarias. Nunca prestó su imagen para la liturgia política. Nunca se dejó convertir en bandera de una causa ideológica. Y en un país donde ciertos sectores pretenden politizar absolutamente todo —desde el precio de la carne hasta el resultado de un partido de fútbol— esa neutralidad se vuelve sospechosa.
La historia reciente ofrece varios episodios que ilustran esta tensión. En 2017, durante la desaparición del militante mapuche Santiago Maldonado, existió una fuerte presión para que la selección argentina posara con una bandera reclamando su aparición con vida. Aquella escena dejó al descubierto algo que incomodó a muchos: los jugadores no estaban dispuestos a convertirse en un instrumento político.
Algo similar ocurrió en 2022, cuando tras conquistar el Mundial el plantel decidió no visitar al entonces presidente Alberto Fernández. La explicación fue simple: evitar que la celebración deportiva se transformara en un acto partidario.
Pero para quienes conciben la política como una batalla cultural permanente, esa decisión fue casi una herejía.
En ese momento comenzó a aparecer un fenómeno curioso: los mismos futbolistas que horas antes eran héroes nacionales empezaron a convertirse, para ciertos sectores, en figuras incómodas.
Y cuando la incomodidad se mezcla con ideología, el paso siguiente suele ser el desprecio.
La misma lógica explica por qué, en esta discusión entre fútbol e ideología, algunos prefieren romantizar figuras como Diego Maradona. Nadie discute su genialidad futbolística. Pero fuera de la cancha su vida fue una larga colección de excesos, contradicciones y malas decisiones.
Sin embargo, se lo eleva a la categoría de símbolo político. No importa que haya sido un pésimo ejemplo personal. Lo importante es que estaba del lado correcto del relato.
La coherencia nunca fue el fuerte de esta tribuna moral.
Esa misma indulgencia selectiva se vio también durante el gobierno de Alberto Fernández. Mientras buena parte de la sociedad permanecía encerrada durante la cuarentena más larga del mundo, la residencia presidencial de Olivos se transformaba en escenario de festejos y escándalos. Y cuando la gestión terminó envuelta en denuncias por violencia contra Fabiola Yáñez, muchos de los autoproclamados guardianes de la moral pública optaron por un silencio bastante conveniente.
La indignación, como se ve, también puede ser selectiva.
Así funciona la militancia del resentimiento:
Si alguien triunfa, algo sospechoso habrá hecho.
Si alguien prospera, seguramente explotó a alguien.
Si a alguien le va bien, probablemente sea parte del problema.
Es una lógica que invierte los valores básicos de cualquier sociedad que aspire al progreso. Allí donde otros países ven ejemplos a imitar, aquí se buscan culpables.
Tal vez por eso la Argentina vive atrapada desde hace décadas en el mismo círculo vicioso: un país capaz de producir talentos extraordinarios, pero también extraordinariamente hábil para convertirlos en blanco de sus propias frustraciones.
Un país donde, para ciertos sectores, el verdadero pecado no es fracasar… sino triunfar sin pedir permiso.
Operativos contra el dengue: Posadas elimina criaderos de mosquitoshttps://t.co/2rvZpcZO4a pic.twitter.com/MoFhdpa7HA
— Radio Up 95.5 (@radioup955) March 9, 2026



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