El tiempo se acabó. Este domingo los argentinos volverán a hacer fila, birome en mano, para decidir quién les promete un futuro mejor… o, al menos, quién les miente con más elegancia. Es la última cita del calendario electoral, y la más determinante del año: se renuevan diputados, senadores y algunos tronos provinciales que todavía creen en el milagro de la gobernabilidad.
Las encuestas —esa ciencia ficción que se disfraza de estadística— están más dispares que nunca. El miedo ya no distingue colores: se siente tanto en Balcarce 50 como en el búnker opositor. En el gobierno nacional, apelan al optimismo de manual. Hablan de un “repunte” en los últimos días, mientras el presidente multiplica actos, promesas y abrazos incómodos. El famoso “plan 27O” dejó de ser un rumor para convertirse en un operativo de supervivencia. Los cambios en el gabinete, los nombres que entran y salen —Werthein, Caputo, ministros-candidatos—, suenan más a revoleo que a estrategia.
Del otro lado de la calle, el kirchnerismo intenta recordar qué era ser oficialismo. A los escándalos de corrupción se suman las internas, los egos y el infaltable fantasma del financiamiento oscuro. El caso Taiana incomoda más que un micrófono abierto. En “Fuerza Patria” ya pidieron que el escrutinio se publique por provincia, para no darle a Milei la foto del triunfo nacional. Una maniobra digna del manual de autoengaño progresista.
Pero lo verdaderamente interesante será ver quién se adjudica la paternidad del resultado. Si Axel Kicillof logra sostener la provincia, el kirchnerismo lo coronará como el heredero natural de 2027. Si pierde por poco, lo coronarán igual, pero con cara de velorio. Y si el resultado es peor, empezará la feria de nombres: los que ayer juraban lealtad, mañana descubrirán que siempre fueron “críticos constructivos”.
En el oficialismo, el panorama no es menos confuso. Milei necesitará mostrar que aún gobierna algo más que su cuenta de Twitter. La presencia de Mauricio Macri en el cierre de campaña no fue un gesto de unidad, sino un recordatorio: sin gobernadores ni estructura, el experimento libertario depende del mismo establishment que juró destruir.
El país, mientras tanto, asiste a la función con la resignación del espectador que ya conoce el final. La economía sigue en terapia intensiva, el miedo al “nuevo sistema de votación” promete demoras y denuncias, y la gente —esa variable olvidada de la política— votará entre la desconfianza y el hastío.
El lunes, gane quien gane, el país amanecerá igual. Los mismos problemas, los mismos culpables, los mismos discursos reciclados. Lo único que cambiará será la excusa. Y en eso, la Argentina sí que no defrauda: siempre encuentra una nueva.
Por Dr. Bryan Villalba
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