Con alegría y esperanza debemos decir que el próximo domingo los argentinos volveremos a votar. Pocas cosas hay tan trascendentes como esa oportunidad de expresar, a través del voto, qué país queremos y quiénes deben representarnos. No es un acto menor ni un trámite rutinario: es la continuidad de una conquista que nos pertenece desde hace más de cuarenta años, y que debemos cuidar con la misma pasión con la que alguna vez la recuperamos.
Es lógico que surjan dudas frente a las ofertas electorales. La desconfianza no es patrimonio de nadie, sino una consecuencia de las veces que nos hemos sentido defraudados. Pero no debemos caer en la tentación de reducir la política a nombres propios. A veces, los errores que observamos no son solo individuales, sino de los espacios que eligen esas representaciones. Por eso, mirar el conjunto es tan importante como analizar cada candidato.
La democracia no se agota en votar, pero sin votar no hay democracia. Más allá de las frustraciones o del desencanto, hay algo que no podemos abandonar: la responsabilidad de sostener lo que tanto costó construir. Ir a votar no es solo cumplir con un deber, es ejercer el derecho de decidir y la obligación de participar. La esperanza no se delega; se construye colectivamente, golpeando puertas, discutiendo ideas y exigiendo gestiones que transformen la realidad.
En esta elección, las propuestas comienzan a definirse y los discursos se ponen a prueba. Algunos nombres son conocidos, otros se presentan por primera vez, convencidos de tener todas las respuestas. Pero no se trata solo de promesas. Esta elección tiene un valor especial para Misiones, porque lo que está en juego trasciende a los candidatos: se trata del modelo de país que queremos construir desde las provincias hacia el centro, y no al revés.
La producción regional, la economía del conocimiento, la educación, la salud y la defensa de los logros sociales alcanzados deben formar parte de una agenda nacional que respete la diversidad de las provincias. Misiones, como tantas otras, ha demostrado que se puede crecer desde la gestión local, apostando a la innovación, la cultura del trabajo y la educación como motores del desarrollo. Esos valores no pueden quedar relegados en una coyuntura marcada por la confusión y el oportunismo.

Hoy más que nunca, se necesita sensibilidad política. No se gobierna con slogans ni con imposiciones, sino escuchando al otro, mirando a los ojos, comprendiendo lo que duele y lo que falta. Los representantes que elijamos deben conocer la realidad de su provincia, haberla recorrido, haberla gestionado, haberla defendido en los momentos difíciles. No se trata de improvisar, sino de poner en valor la experiencia y la coherencia.
En ese marco, entre las opciones disponibles, aparece la figura del ex gobernador Oscar Herrera Ahuad, un dirigente que no necesita presentación en la provincia. Su gestión dejó señales concretas de planificación, cercanía y respuesta en momentos críticos, especialmente en los años en que la salud pública fue el eje de la vida nacional. Es legítimo que la sociedad valore esa experiencia y la compare con otras ofertas. No se trata de un elogio personal, sino de un reconocimiento a la trayectoria y al conocimiento de territorio que hoy resultan indispensables para representar a Misiones en el Congreso.

La semana que termina fue turbulenta, cargada de señales preocupantes. Las declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump, sumadas a la inexplicable influencia del secretario del Tesoro norteamericano Scott Bessent en la política económica argentina, exponen una realidad inquietante: decisiones claves se están tomando fuera del Congreso, en un marco de creciente debilidad institucional. Cuando los equilibrios democráticos se alteran, el voto se vuelve todavía más importante.
Por eso, estas elecciones no solo deben servir para calificar la gestión nacional, sino también para reafirmar el valor de las instituciones. Elegir legisladores con capacidad de diálogo, sensibilidad social y experiencia en la gestión no es un capricho, es una necesidad. En tiempos en que se pretende simplificar la política y degradar el rol del Congreso, debemos recordar que allí se expresa la voluntad popular. Cuidar la institucionalidad es cuidar la república, y eso empieza con el voto consciente.

Votar es decidir en qué país queremos vivir. No alcanza con criticar desde la comodidad del enojo ni con resignarse a la idea de que “todo da lo mismo”. No todo da lo mismo. La historia nos enseñó que cada voto cuenta, que cada elección define rumbos, que el desinterés también tiene consecuencias. Por eso, el domingo no se trata solo de elegir nombres: se trata de defender lo que somos.



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