La captura de Nicolás Maduro en los albores de este 2026, ejecutada mediante una operación de «extracción» por parte de las fuerzas especiales de Estados Unidos, ha sido presentada ante la opinión pública global como un triunfo incontestable de la libertad. Los sistemas de propaganda —desde las cadenas de noticias en Washington y los editoriales europeos hasta el eco incesante de las redes sociales— han manufacturado un consenso de júbilo casi unánime. Sin embargo, si aplicamos lo que en otros momentos he definido como un ojo quirúrgico, descubriremos que la caída del tirano no representa necesariamente el final de la opresión, sino acaso el inicio de una reconfiguración técnica del poder en el tablero de la hegemonía global. Como he sostenido durante décadas, el poder no reside únicamente en la figura que ocupa el solio presidencial; lo que hoy presenciamos en Venezuela es la remoción de la cara visible de un sistema, mientras las capas tectónicas de la estructura autoritaria permanecen inquietantemente intactas. Esta salida es un quiebre simbólico, pero la pregunta fundamental persiste: ¿constituye este evento un acto de soberanía popular o es simplemente una sustitución de gerencia en una sucursal estratégica disputada por Rusia, China, Irán, el narcotráfico y Estados Unidos?
Esta «extracción» nos obliga a mirar bajo las capas de la estructura totalitaria para discernir si estamos ante el nacimiento de una verdadera polis o simplemente ante el reordenamiento de un desierto político. El totalitarismo no es solo una forma de tiranía; es un sistema que destruye el tejido mismo de la realidad humana al aniquilar el espacio público, ese lugar donde los hombres y mujeres actúan en concierto y se revelan como seres singulares. En Venezuela, la remoción del tapón que representaba Maduro es un alivio biológico para un pueblo agotado, pero no garantiza, por sí misma, la recuperación de la esfera política, especialmente cuando la democracia rara vez figura entre las prioridades reales de los actores externos.
Es una verdad incómoda, documentada por la historia, que para las potencias globales el bienestar del ciudadano es secundario frente al petróleo, la seguridad regional y el control geoestratégico. Venezuela, poseedora de las mayores reservas de crudo del planeta, ha sido reducida a un botín codiciado bajo la lógica de la economía política del despojo.
La ironía es sangrienta: mientras Venezuela se hundía en la obsolescencia, su vecino, Guyana, emergía bajo la égida de ExxonMobil como el nuevo «Eldorado» petrolero. Por ello, la intervención estadounidense no responde a un imperativo moral por los derechos humanos —conceptos que el Departamento de Estado maneja con una selectividad asombrosa—, sino a la necesidad de estabilizar el flujo energético y neutralizar amenazas sobre la cuenca del Esequibo, además de otras áreas propias de Venezuela.
El riesgo actual es que nos conformemos con una «pax petrolera»: un escenario donde las corporaciones recuperan el acceso a los yacimientos mientras la estructura de control social permanece inalterada bajo una nueva administración tutelada. En la lógica del poder totalitario, el líder es solo la cúspide de una pirámide de complicidades; la asunción de figuras como Delcy Rodríguez bajo el velo de “negociadora de transición” o la «legalidad» revela un intento de preservar el sistema sin el símbolo que lo hacía insoportable para el mundo. Si el aparato judicial permanece subordinado y maleable, las fuerzas armadas siguen operando como una casta de control territorial o auxiliar del narcotráfico, la «liberación» no será más que un cambio de guardia en la prisión.
Leé también: Trump Sociedad Anónima: Venezuela como ficha y el mundo como tablero
Detrás del rostro visible hay capas que hay que mirar con detenimiento: una red intrincada de intereses militares, judiciales, económicos y criminales que articulan nodos de poder en la presidencia, el Ministerio de la Defensa y el de Interior y Justicia, así como y la Asamblea Nacional y la Vicepresidencia. Estos centros de control se comportan como agrupaciones violentas que ostentan el monopolio de las armas; la posibilidad de que la estructura sobreviva a Maduro mediante una «heterostasis» —una búsqueda de equilibrio a través de la opresión más cruel— es una amenaza latente para quienes hoy celebran. Por ello, la reconstrucción de Venezuela, que según expertos parte desde «grado cero», es un desafío moral inmenso. No se parte de la nada, sino de un campo de ruinas donde el tejido social ha sido atomizado por la lucha por la supervivencia biológica. Reconstruir no es solo levantar edificios o restablecer pozos petroleros; es recomponer la dignidad de un pueblo tratado como un recurso prescindible.
La diáspora venezolana —esos millones dispersos en el mundo entero— encarna la fractura de la nación y es la prueba de fuego para cualquier transición. El exilio sabe que la opresión no se mide solo en discursos, sino en la persistencia de prácticas que limitan la vida. Para que la reconstrucción sea real, debe ser un acto fundacional que recupere la palabra pública y ofrezca justicia y verdad. La comunidad internacional tiene hoy una «última gran oportunidad», pero debe superar su historial de ineficacia y doble moral, donde a menudo se prefirió la verborragia mediática antes que detener una crisis humanitaria de consecuencias inconmensurables. La legitimidad política no se construye en la violencia, sino en el respeto al imperio de la ley, una ley que los tiranos siempre interpretan a su conveniencia.
Para distinguir entre el maquillaje político y el cambio real, debemos aplicar el bisturí sobre la depuración de las fuerzas armadas, el aparato de justicia tanto militar como civil, la liberación absoluta de los presos políticos y la transparencia en los contratos petroleros, derogación de leyes opresivas, y garantías para la dignidad de los ciudadanos nacionales y extranjeros que se vieron obligados a abandonar el suelo patrio.
La salida de Maduro es un quiebre, sí, pero la libertad no es un espectáculo que se consume en pantallas de televisión mientras un prisionero es llevado a Nueva York; es una tarea ardua que requiere instituciones que no se arrodillen ante intereses extractivos. Venezuela no necesita un nuevo líder carismático ni un nuevo protectorado internacional; necesita recuperar la capacidad de sus ciudadanos para ser, nuevamente, actores de su propia historia, guardianes de verdad, recordando siempre que la libertad no es el silencio de las armas ni el rugido de los pozos petroleros, sino el sonido de las voces libres debatiendo en la plaza pública por un nuevo comienzo.
Venezuela y el quiebre del orden internacional: la mirada geopolítica de Fernando Strafacehttps://t.co/tWCQxMWnYa pic.twitter.com/d1Ur3qKPQk
— Radio Up 95.5 (@radioup955) January 9, 2026



//



