La soledad en la vejez suele estar asociada al miedo, la pérdida y el abandono. Sin embargo, el reconocido psiquiatra y neurólogo francés Boris Cyrulnik propone una mirada distinta: después de los 70 años, vivir solo también puede transformarse en una oportunidad para reconstruir la identidad y encontrar nuevas formas de bienestar emocional.
Según el especialista, esta etapa de la vida suele estar atravesada por pérdidas inevitables: la muerte de una pareja, el distanciamiento social o la ausencia progresiva de amigos y seres queridos. Ese vacío, explica, genera interrogantes profundos sobre el sentido de la vida y la propia existencia. Sin embargo, sostiene que el silencio y la soledad no necesariamente representan una condena emocional.

Para Cyrulnik, muchas personas descubren en la vejez una libertad que antes no conocían. La posibilidad de organizar el tiempo propio, disfrutar de pequeñas rutinas cotidianas y dejar de vivir bajo las expectativas ajenas puede convertirse en una experiencia transformadora. La soledad, en este contexto, funciona como un espacio de introspección y reconciliación personal.
El especialista diferencia además la soledad del abandono emocional. Estar solo no implica dejar de existir ni perder valor personal. Por el contrario, considera que muchas personas mayores logran reencontrarse consigo mismas, recuperar deseos postergados y desarrollar una relación más amable con su historia y sus límites.

En este proceso también cambia la manera de vivir los afectos. Cyrulnik sostiene que el amor después de los 70 no desaparece, sino que se transforma. Ya no se basa en la necesidad de conquista o validación, sino en la compañía, la presencia y la conexión emocional. El vínculo afectivo puede expresarse en amistades profundas, relaciones familiares, recuerdos o incluso en actividades simples que generan bienestar cotidiano.
La mirada del psiquiatra también cuestiona la idea tradicional de que la pareja es el único centro posible de la vida emocional. En la adultez mayor, las amistades, los encuentros intergeneracionales y los espacios compartidos adquieren un valor fundamental para sostener el sentido de pertenencia y utilidad social.
Otro de los aspectos que destaca es la libertad interior que muchas personas descubren en esta etapa. Después de décadas de obligaciones y exigencias externas, aparece la posibilidad de vivir con menos presión social y más autenticidad. Leer, caminar, disfrutar del silencio o simplemente elegir cómo transitar el día se convierten en formas de autonomía emocional.
Lejos de representar un retiro del mundo, Cyrulnik plantea que envejecer solo puede ser también una manera diferente de habitar la vida: con menos ruido, menos dependencia emocional y una conexión más profunda con lo esencial. La vejez, desde esta perspectiva, deja de estar vinculada únicamente a la pérdida y se transforma en un tiempo posible para la calma, la dignidad y el redescubrimiento personal.



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