Patrulleros en la puerta. Mochilas abiertas. Filas de chicos entrando a la escuela como si abordaran un vuelo internacional. No es una postal de otro país ni una escena de ficción: es Argentina, 2026, un lunes cualquiera.
Y no pasó de un día para el otro. Nunca pasa. Las tendencias, los comportamientos y los modos de vida se arraigan poco a poco, en un mundo revolucionado que transcurre a una velocidad distinta en las esferas digitales.
Lo que sí sucede —lento, constante, casi imperceptible— es otra cosa: la degradación del sentido común. La idea de que todo puede ser contenido. Todo puede ser un desafío. Todo puede convertirse en un puñado de likes.
Durante años vimos challenges absurdos, peligrosos, ridículos. Nos reímos. Los compartimos. Los dejamos pasar como una moda más. Pero lo que empezó como un juego idiota hoy mutó en algo bastante más oscuro: amenazas de tiroteos escolares replicadas en serie, calcadas, viralizadas con la misma lógica con la que antes se bailaba frente a una cámara.
Los retos virales y desafíos han calado muy fuerte en chicos y adolescentes, que ven cómo sus influencers o referentes digitales los realizan o los alientan a hacerlo como un acto de “popularidad”. Un like o un puñado de seguidores se ha convertido en la forma de reconocimiento que hoy cualquier adolescente anhela, sin importar lo que ello implique.
La simultaneidad de amenazas de tiroteos escolares a lo largo y ancho del país en los últimos días demuestra con claridad esta viralización de conductas, que ya no solo traspasa lo peligroso, sino también lo ilegal. Cientos de establecimientos educativos recibieron amenazas a través de pintadas o mensajes en redes sociales, lo que derivó en la activación de protocolos de seguridad en distintas provincias, con detenidos en Capital Federal, Salta y hasta allanamientos aquí en Misiones. Y mientras la Justicia intenta entender quién fue, el daño ya está hecho.
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Escuelas militarizadas. Docentes desbordados. Padres con miedo. Y chicos que, a una edad en la que deberían preocuparse por un examen o un recreo, entran mirando de reojo si el de al lado lleva algo más que una carpeta. Eso es lo verdaderamente nuevo: la instalación del miedo como rutina.
Y no solo eso. También parece instalarse, como un atajo adolescente, la idea de que todo puede paralizarse con una rápida pintada o un simple mensaje de WhatsApp. Saltearse un examen, evitar una situación incómoda en el recreo o simplemente no tener ánimo de asistir a clases podría resolverse con una amenaza. El sistema entero queda rehén de una lógica infantil que aprendió demasiado rápido cómo manipularlo.
Pero sería cómodo culpar solo a los chicos. Los adultos miramos, entendimos y, en muchos casos, hasta celebramos la cultura del impacto inmediato. Validamos que la exposición vale más que el contenido. Que la repercusión importa más que la consecuencia.
No hay nada espontáneo en esto. Hay una generación que creció entendiendo que todo es espectáculo. Incluso el miedo.
La pregunta es en qué momento dejamos que esto se volviera normal. Porque mientras discutimos protocolos, operativos y sanciones, hay algo que ya cambió: la escuela dejó de ser un lugar seguro para convertirse en un escenario más.
Entonces, en este punto, la pregunta es inevitable: ¿dónde jugarán los niños que ingresan al sistema educativo? ¿Dónde se desarrollarán esos adolescentes que atraviesan sus primeras experiencias con la vida real? Y, más aún, ¿qué les dejaremos a esos futuros adultos que crecerán en un entorno rodeado de miedo e inestabilidad?
Tal vez el verdadero problema no sea tener que responder estas preguntas en el futuro.
Tal vez el problema es que ya empezamos a responderlas en el presente.
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