¿Cuáles son los pasos que debe tomar un presidente? ¿Cuáles son las mejores decisiones que puede adoptar quien conduce los destinos de la Nación? Estas preguntas no son nuevas ni exclusivas de un gobierno en particular en el pais. Atraviesan la historia política Argentina y cada tanto vuelven a escena, recordándonos que el poder no se mide solo en discursos encendidos o en gestos de autoridad, sino en la capacidad de tomar decisiones que mejoren la vida de la gente.
La experiencia demuestra que no alcanza con decidir: cada medida necesita sostén político, un relato convincente y un fundamento sólido. Cuando falta alguno de esos pilares, la decisión se derrumba y arrastra consigo la credibilidad de quien gobierna. Así, el líder queda acorralado en un callejón sin salida, víctima de sus propios errores o de sus propios silencios.
Un ejemplo clásico lo ofrece la política norteamericana. Dick Morris, asesor de Bill Clinton durante su segundo mandato, advirtió que el presidente estaba interpretando mal la realidad. Y lo resumió con una frase tan simple como brutal: “Es la economía, estúpido”. Clinton comprendió el mensaje: más allá de sus ambiciones políticas, debía concentrarse en la economía porque allí se jugaba la suerte de su gobierno.

Algo parecido necesitaría escuchar Javier Milei: un asesor que lo baje a tierra, que le marque con claridad cuáles son las prioridades del pueblo, que le recuerde que la política económica no es un experimento teórico sino la vida cotidiana de millones de argentinos.
La semana pasada lo vimos dar marcha atrás con una de esas decisiones que parecían irreversibles: la restitución del Ministerio del Interior. Esa cartera ya existía y cumplía un rol central, pero había sido eliminada bajo la idea de que “un Estado grande no resuelve problemas”. El problema es que nadie explicó qué significa “Estado grande” ni mucho menos cómo reducirlo iba a mejorar la vida de la gente. Se atacó el tamaño del Estado sin atacar la raíz de la corrupción ni la falta de eficiencia. Resultado: un retroceso innecesario, que obligó a reponer lo que nunca debió quitarse.
El Ministerio del Interior es clave en la relación con las provincias. Sin esa pieza, el diálogo federal se convierte en un monólogo centralista. Pero la restitución no resuelve de fondo el problema: Milei arrastra una relación conflictiva con los gobernadores, marcada por incumplimientos y promesas vacías. Las derrotas electorales en Corrientes y Buenos Aires aceleraron el malestar. Y cada vez más mandatarios provinciales le recuerdan algo básico: que las provincias son preexistentes a la Nación, como lo establece la Constitución.

En este contexto, sentar al nuevo ministro en la mesa de negociaciones será estéril si la estrategia oficial sigue siendo negar los compromisos asumidos. El doble discurso —decir que habrá autocrítica pero insistir en que el rumbo no cambia— solo erosiona la confianza. Mientras tanto, la economía se mueve al compás del dólar, los precios suben, los casos de corrupción empiezan a asomar y la credibilidad se resquebraja.
De continuar por este camino, el país se encamina a tiempos más tensos y complejos. No alcanza con levantar la voz contra la política tradicional ni con insistir en que “las empresas funcionan mejor que el Estado”. Un país no se maneja como una empresa: necesita diálogo, acuerdos, equilibrios y, sobre todo, dirigentes que sepan construir en vez de destruir.
La Argentina necesita menos gritos y más política. Menos rezongos y más astucia. Gobernar exige escuchar, corregir y tender puentes. Los experimentos de laboratorio pueden esperar; el hambre de la gente no.
Y sin embargo, todavía hay margen para la esperanza. Si algo nos enseña nuestra historia es que de las crisis siempre surgen oportunidades. Lo que hoy parece un callejón sin salida puede transformarse en una nueva puerta si hay voluntad de abrirla. Los argentinos seguimos creyendo en la democracia, seguimos apostando a la paz social y seguimos confiando en que el esfuerzo compartido puede más que cualquier ajuste.
El desafío está planteado: que quienes gobiernan aprendan que las mejores decisiones no son las que se imponen con soberbia, sino las que se construyen con humildad y consenso. Solo así podremos empezar a recorrer, de una vez por todas, el camino que nos lleve a un país más justo, más estable y más humano.



//



