Así bautizaron en redes sociales y en los streamings políticos a ese temblor que recorre a la sociedad y a los mercados cada vez que el kirchnerismo asoma. Como una ex pareja violenta, su posible regreso activa todas las alarmas. El mercado fue el primero en expresarlo: tras la victoria K del mes de septiembre en la Provincia de Buenos Aires, los indicadores se desplomaron.
Ayer, en cambio, los tableros se tiñeron de verde. El dólar descendió casi cien pesos, las acciones repuntaron y el riesgo país cayó casi quinientos puntos. Quienes compraron dólares por encima del techo de la banda se arrepienten, y a miles de kilómetros el secretario de Finanzas de los Estados Unidos se “jijea” del negocio que hizo comprando pesos.
Todo lo que el viernes parecía la antesala de una catástrofe —con un gobierno resignado a ganar apenas en un puñado de provincias y a perder por lo menos posible en Buenos Aires—, terminó en una sorpresa mayúscula. La Libertad Avanza ganó en 15 de las 24 provincias, sumó tres millones de votos más que en las elecciones generales de 2023 y hasta medio millón adicional en territorio bonaerense respecto de los comicios provinciales de septiembre. Suficiente para que Diego Santilli volviera a convertirse en el mata leones del peronismo.
No importó el caso del fentanilo, los supuestos negociados de Karina, la relación narco de Espert con Fred Machado, los audios de Spagnuolo ni el triple femicidio de Florencio Varela. El electorado, contra toda encuesta, reafirmó su apoyo a la gestión nacional y le otorgó la “tarjeta verde” que el Gobierno reclamaba para avanzar con las reformas que prometen el despegue económico.
¿Entonces, qué fue? ¿Santilli? ¿Trump y Scott Bessent? ¿O simplemente el voto anti? El riesgo Kuka. Ante la mera probabilidad de que el kirchnerismo regrese, una parte del electorado vota lo más opuesto del sistema político. No importan los nombres, las caras o las trayectorias: votan cualquier cosa que tenga algo de color violeta. Y eso fue lo que terminó ocurriendo. Incluso en la provincia más difícil, Buenos Aires, donde en menos de cincuenta días La Libertad Avanza pasó de perder por casi quince puntos a ganar por uno.
“La libertad avanza o la Argentina retrocede” fue mucho más que un eslogan. Fue un golpe directo a la psiquis de un electorado que duda, critica y protesta, pero que recuerda demasiado bien lo que ya sufrió. Como en 2023, Milei volvió a apelar al miedo y a la emoción, más que a la propuesta o el debate: al dilema entre lo que somos y lo que podríamos volver a ser.
El resultado de este domingo no solo reafirma el eco del “no retorno” kirchnerista, sino que obliga al oficialismo a actuar. Con las herramientas políticas que tanto reclamó, el Gobierno ya no tiene excusas: debe corregir la economía, levantar los salarios y reactivar el consumo. Porque si el voto no castigó, fue por temor, no por entusiasmo.
Santilli ya se subió al colectivo de 2027 y en la Rosada se permiten soñar con una reelección. Pero el futuro político de todos los aliados al oficialismo dependerá, otra vez, de lo que ocurra en la microeconomía: de si las reformas logran impactar en el bolsillo o se convierten en un nuevo ajuste sin premio.
Milei inicia la semana con retoques en el gabinete y un desafío monumental: alinear a los gobernadores para garantizar el éxito de la segunda etapa de su gestión. Porque si algo quedó claro este domingo, es que en la Argentina seguimos votando más por miedo que por esperanza. Y el riesgo Kuka, una vez más, fue la variable más estable del mercado.
Por Dr. Bryan Villalba.



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