Domingo 26 de octubre. Oficialmente comienza la “segunda etapa” del gobierno de Javier Milei. O, al menos, eso es lo que su propio círculo intenta instalar: una nueva fase, más pragmática, más política, menos disruptiva. Pero la pregunta que sobrevuela es si esa segunda etapa alcanza a todo el país, o si solo ocurre dentro de las paredes del poder nacional.
Las provincias, otra vez, parecen quedar afuera de la foto. No porque no quieran estar, sino porque el gobierno central las ha puesto en un segundo plano desde el primer día. A fuerza de recortes, silencios o desprecios, el interior fue aprendiendo que debía sobrevivir con lo que tiene, o en el mejor de los casos, con lo que produce.
Es cierto: el presidente impuso una lógica de centralismo extremo, pero no en el sentido tradicional del Estado nacional que reparte recursos o diseña políticas comunes. Es un centralismo del poder simbólico. Todo gira alrededor de su figura, de su relato, de su épica personal. El resto parece un decorado: los gobernadores, los intendentes, el Congreso, la Corte, incluso su propio gabinete.

Mientras tanto, las provincias, sin ruido pero con urgencia, comenzaron a organizarse. No para rebelarse, sino para sobrevivir. Lo que antes era un reclamo por fondos o por obras hoy se transformó en un ejercicio de autonomía: energía, producción, comercio exterior, educación técnica, economías regionales. La política nacional parece no haberlo notado todavía, pero en los márgenes está germinando una nueva forma de federalismo: no el que se declama, sino el que se construye por necesidad.
Tal vez ese sea el dato más interesante de esta segunda etapa. Porque mientras el gobierno nacional promete “profundizar el cambio”, muchas provincias decidieron hacer el suyo propio. No bajo el paraguas ideológico de Milei ni en oposición automática a él, sino por simple instinto de supervivencia. En tiempos de crisis, la política local se vuelve el último refugio de lo concreto.
La historia argentina tiene pocos momentos comparables. Quizás el más cercano sea la década de los ’90, cuando el poder económico y político se concentró en Buenos Aires y el resto del país debió reinventarse con lo que tenía a mano. Pero incluso entonces había una narrativa común, un proyecto compartido, aunque fuera discutible. Hoy, en cambio, el presidente parece moverse en un universo paralelo, donde la realidad provincial apenas existe.

Esa desconexión puede volverse un problema, no solo político sino también institucional. Porque si el gobierno nacional entra en una “segunda etapa”, pero las provincias siguen en la primera —la de la emergencia, la contención y el ensayo permanente—, el país corre el riesgo de fragmentarse aún más. Y no se trata solo de dinero o de competencias, sino de sentido: de quién marca el rumbo, de quién define qué significa progresar.
Quizás la pregunta de fondo sea esta: ¿puede un gobierno nacional tener una segunda etapa si el país todavía no superó la primera? La economía sigue sin dar señales claras de recuperación, la inflación baja pero la actividad también, el empleo privado se estanca y el clima social se endurece. El “orden fiscal” que se celebra desde el poder central no se traduce en bienestar, sino en fatiga.
Y sin embargo, algo cambia. Aunque el presidente siga gritando desde el centro, las orillas comienzan a hablar su propio idioma. Las provincias entienden que esperar del gobierno nacional es un ejercicio de fe cada vez más caro. Algunas empiezan a coordinar políticas, a buscar inversiones, a tejer alianzas con países vecinos o a sostener sus programas sociales sin asistencia del Tesoro. Tal vez sin quererlo, Milei está impulsando el federalismo que la Constitución prometía, pero desde la ausencia.

El problema es que un país no puede sostenerse solo desde los márgenes. Necesita un proyecto común, una mirada compartida sobre el futuro. Y esa mirada, por ahora, no aparece. Ni en la Casa Rosada ni en el interior profundo. Todos están concentrados en resistir el presente.
En este punto vale la pena volver a la historia. Cuando los ciclos de poder se repiten —la concentración, la crisis, la reconfiguración— el siguiente capítulo suele ser el de la reconstrucción. A veces desde arriba, otras desde abajo. Pero siempre con un cambio de lenguaje, de prioridades, de legitimidades. Si esa lógica volviera a cumplirse, tal vez el próximo capítulo argentino no sea el de una nueva etapa del gobierno, sino el de una nueva etapa del país.
Porque los gobiernos pasan, pero las regiones quedan. Y si algo enseña este tiempo es que la política, cuando se vacía de gestión, termina empujando a la sociedad a encontrar sus propias respuestas. Las provincias, los municipios, las comunidades organizadas: todos están aprendiendo a hacer lo que antes esperaban que hiciera el Estado nacional.
Tal vez la verdadera segunda etapa no empiece en Balcarce 50, sino en cada rincón donde la gente todavía decide hacer, aunque nadie la mire.



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