Poco menos de 48 horas nos separan del cierre de frentes electorales para las elecciones del próximo 27 de octubre. Son días frenéticos, de roscas interminables, promesas que duran menos que un posteo en redes y operaciones cruzadas que seguro dejarán más de una sorpresa en el armado.
Como siempre, las definiciones giran en torno al caballo del comisario: el frente oficialista. Desde La Libertad Avanza, las decisiones bajan directo desde el círculo rojo de la Capital Federal, y todo indica que Karina Milei tiene la manija con la firmeza de quien se sabe indispensable. La “jefa”, como le dicen, comanda un armado donde la prioridad parece ser la lealtad ciega al proyecto libertario, aunque eso implique dinamitar puentes con aliados o potenciales socios estratégicos.
En este plan de llenar la Cámara de Diputados de leones, no hay lugar para los tibios. Ni para los independientes. Ni para los que “piensan parecido”. O te ponés la peluca, o te corrés. Así se lo hicieron sentir al PRO en Capital Federal, donde el partido de Rodríguez Larreta y Macri busca colarse en las listas de LLA con la esperanza de no quedarse afuera de una ola que —al menos en las encuestas— aún sigue surfeando tranquila. El riesgo, claro, es entregar demasiado a cambio de colocar unos pocos nombres y terminar pintados… pero de tontos.
En Mendoza, el cierre fue más pragmático: LLA pactó con el radicalismo provincial, con el cornejismo a la cabeza, que busca reeditar su buena performance del 2023. Allí la alianza no se vende como un acuerdo electoral sino como un modelo “que funciona”. Lo mismo ocurre en Chaco, donde se negocia replicar la fórmula ganadora de “Chaco Puede Más” con los libertarios, aunque todavía quedan definiciones pendientes.
Lo cierto es que, a nivel nacional, se instaló un nuevo reflejo político: pintarse de violeta. Ya no se trata de ideología, proyectos o convicciones, sino de una necesidad básica de supervivencia en un escenario donde sólo parecen quedar dos opciones: el bifrente Libertarios vs. Kirchneristas. Como en 2017, cuando la ola amarilla te arrastraba directo al Congreso con apenas una sonrisa y una selfie con Macri, hoy el color de moda es otro, pero la lógica es la misma. Estar del lado correcto de la corriente. Y si es con un sticker de Milei en el pecho, mejor.
Dirigentes, partidos, sellos y hasta clubes de barrio buscan un lugar en lo que parezca libertario. En Misiones, por ejemplo, la disputa es entre los que tienen el sello oficial de LLA, los libertarios de la primera ola, los recién llegados con peluca y hasta los que se disfrazan de leones cuando prende la cámara. Y, como si fuera poco, ni siquiera las discusiones con Karina Milei —la armadora nacional— garantizan que las listas finales respondan a lo que se decide en la tierra colorada. Todo se define en Buenos Aires. Todo.
La ansiedad por pintarse de violeta es generalizada. Hay quienes corren con aerosol en mano y otros que ni siquiera preguntan qué implica sumarse: con parecer alcanza. Pero mientras más crece el club de los libertarios por conveniencia, menos se sabe qué lugar tendrán en el Congreso, o si siquiera responderán al mismo bloque.
Y así, mientras todos se desesperan por parecer libertarios, pocos se detienen a pensar si debajo de la peluca queda algo de política. Porque en la Argentina de hoy, pintarse la cara color violeta puede alcanzar para entrar en una lista. Pero no garantiza que el maquillaje aguante cuatro años.
Por Bryan Villalba
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Úrsula Waidelich, ex UCR, apoya a Milei y busca alinear su equipo con LLA. Marcó diferencias con el PL nacional, pero ratificó su compromiso con el modelo liberal libertario y sin pedir candidaturas. https://t.co/te8lg4V7Fa
— Radio Up 95.5 (@radioup955) August 4, 2025



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