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Una baja. En plena cuenta regresiva hacia la presentación de alianzas electorales, el escenario político vuelve a dejar a un jugador afuera. No por falta de ganas, sino por falta de sustancia. Como en tantas otras oportunidades, cuando parecía que algo nuevo podía emerger, la interna lo digiere, lo expulsa o lo disuelve. Así, el cronograma avanza, pero lo que retrocede es la credibilidad de los espacios que prometían una alternativa. La Argentina no espera; apenas registra. Y eso, en términos políticos, es una condena.
En este contexto, la marcha electoral no se detiene. El calendario impone su lógica con una fecha clave: el 7 de agosto, día en que deben oficializarse las alianzas y confederaciones que competirán en las próximas elecciones legislativas. El mismo día en que miles de argentinos recorrerán templos, santuarios y capillas pidiendo trabajo al patrono San Cayetano. Una coincidencia de calendario que no debería pasar desapercibida: mientras la política discute lugares, el pueblo sigue pidiendo pan.

Pero ese no es el único símbolo de la semana. Hay otro más incómodo, menos místico y mucho más meticuloso: como si fuera una funcionaria de la ex AFIP, la historia se dispone a revisar con rigurosidad los legajos de quienes, hace apenas cuatro años, se ofrecían como garantes del futuro. En ese entonces, la “avenida del medio” era una promesa de moderación, diálogo y gestión. Hoy, muchos de esos mismos dirigentes aparecen de nuevo en escena, como si nada hubiera pasado, como si el archivo no existiera, como si la gente no se acordara. Pero la agencia recaudadora de errores ya está en la calle.
El problema no es solo de memoria, sino de contenido. Las expectativas que supieron generar se chocaron de frente con una realidad que ni siquiera les permitió armar un bloque sólido, menos aún disputar poder real. Y sin embargo, regresan. Se ofrecen. Se autoproclaman innovadores. Como si lo nuevo fuera una pose y no un proceso.
Esta elección intermedia, lejos de ser una parada menor, podría marcar el inicio de una reorganización más profunda del sistema político argentino. No porque se prevea un terremoto institucional, sino porque se empieza a notar el desgaste de las fórmulas tradicionales, mientras que las supuestas novedades envejecen antes de nacer.

Por eso, lo que ocurra el 7 de agosto será clave. No porque las alianzas en sí mismas representen algo transformador, sino porque su constitución puede revelar si hay, al menos, una voluntad política de articular representaciones consistentes. Es decir, si hay una idea de país detrás del armado, o si todo se reduce —otra vez— a una pelea por la lapicera.
Lo cierto es que este proceso suele dejar más heridos que constructores. Las internas se multiplican, las traiciones se maquillan, las ambiciones se disimulan mal. Y, lo más grave, el electorado se aleja. ¿Qué incentivo tiene hoy una persona común para ir a votar si lo que le ofrecen es un refrito de candidatos que no supieron ni articular ni gestionar? ¿Dónde están los liderazgos con credenciales concretas? ¿Quién puede mostrar gestión real, experiencia en políticas públicas, compromiso con áreas sensibles como salud, educación o la protección de adultos mayores?
Mientras tanto, el Congreso sigue siendo una caja de resonancia de frustraciones. Lo que debería ser el corazón del debate democrático, muchas veces es una postal de la parálisis. Inexperiencia, improvisación, oportunismo. Si algo necesita la política argentina es volver a prestigiar el lugar donde se hacen las leyes. Y para eso hacen falta legisladores, no influencers.

En Misiones, el panorama tiene una complejidad adicional. A diferencia de otras provincias, aquí el oficialismo no se autopercibe como continuidad ni como ruptura. Propone a Oscar Herrera Ahuad —exgobernador con alta imagen— como cabeza de lista, pero no en tono épico ni refundacional, sino como un garante de estabilidad. Una figura que busca proteger los intereses de una provincia que, literalmente, está en el sur de dos países. Con todos los desafíos que eso implica: costos de producción desventajosos, asimetrías sanitarias, presión fronteriza, y un sistema financiero que hace equilibrio sin red.
No es una campaña más. La degradación del debate público, la confusión deliberada en redes sociales y el vaciamiento de sentido en las propuestas han convertido a esta elección en un campo minado para quienes se ubican “en el medio”. Porque el medio, hoy, es un terreno resbaladizo. Y si no se lo pisa con firmeza y con propuestas, es probable que lo nuevo se confunda con lo irrelevante.
Y entonces, lo que debería ser una competencia por ideas se transforma en un duelo por sobrevivir. Las alianzas que pretendan ofrecer una alternativa no oficialista tendrán que replegar ambiciones personales y construir, aunque sea a última hora, una narrativa común. De lo contrario, su destino será el de una participación marginal, destinada a engrosar el obituario político de quienes nunca supieron leer el momento.
Porque aunque desde febrero se sabía que las PASO no serían parte del juego este año, nadie fuera del oficialismo provincial logró construir una propuesta sólida. El debate no apareció. Los acuerdos no llegaron. Y ahora, a cuatro días de la presentación de frentes, la incertidumbre no la tiene el votante, la tiene la dirigencia.
Entonces, cabe preguntarse: ¿hay tanta oferta creíble que la decisión se hace difícil? ¿O simplemente estamos ante un sistema político que ha perdido la brújula y que solo conserva una dirección: la del laberinto? Mientras algunos siguen jugando a reinventarse, otros —como San Cayetano— siguen esperando que alguien, al menos, les hable de trabajo.



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