Nos fanatizamos de la noche a la mañana: ayer con una Selección, hoy con un piloto, mañana con un presidente. Basta que alguien nos dé una pizca de ilusión y lo convertimos en bandera, aunque no sepamos bien qué representa. El fenómeno Colapinto lo confirma: un chico veloz que, en cuestión de semanas, se transformó en símbolo patrio.
¿Y qué puede tener en común un corredor de Fórmula 1 con un presidente? Más de lo que parece. Ambos despiertan fanatismos, ambos generan esa ilusión de “llegar a la meta”. Con Franco, la meta es simbólica. Con Milei, es 2027.
Como toda carrera, el camino al poder también se corre por vueltas. La primera gran curva se aproxima con la elección en la Provincia de Buenos Aires: el distrito más grande del país que puede confirmar el envión del gobierno o, por el contrario, darle una trompada seca en plena recta. Ese resultado, además, pondrá fin al calendario electoral provincial y abrirá paso a la fecha central: el 26 de octubre, cuando el país entero vote para renovar la mitad de ambas cámaras.
Mientras Colapinto lucha contra rivales en la pista, y su propia escudería que por detrás, intenta sabotearlo, Milei a las claras pelea contra su propio círculo de poder. Puertas adentro, la cúpula de la libertad avanza es en gran medida muy similar a una escudería en crisis: un jefe de equipo que toma decisiones erradas, internas que se cocinan en boxes y funcionarios que no funcionan. La última semana fue prueba de fuego: el “coimas gate” que mancha el discurso anticasta y la interna feroz entre Karina Milei y Santiago Caputo. Difícil correr así cuando el auto pincha solo.
El kirchnerismo, como buen rival experimentado, aprovecha el mal momento para nacionalizar la elección y presentar a Milei como un corredor desbordado en la primera curva. Se saben que la provincia es el bastión a defender y la escalada en violencia de los últimos días son el fiel reflejo de que están dispuestos a todo con tal de sostener un distrito que luego de más de 40 años de calles de tierra, falta de cloacas e inseguridad, los sigue eligiendo. Desde la Rosada, en cambio, se insiste con el “kirchnerismo nunca más” como estrategia de choque, intentando vender que la meta sigue al alcance. La batalla cultural enfrenta un desafío muy grande al tratar de imponerse en una agenda que por décadas ha tenido el clientelismo político al alcance de la mano. Por ello, desde el gobierno adoptan la postura de seguir como si nada pasara con los escándalos de presunta corrupción, confiando en que la gente los acompañará por el presente económico, y podrán hacer una gran elección.
Lo cierto es que el próximo domingo asistiremos a una clase de sociología política, que nos demostrará si el electorado bonaerense votará indignado por la corrupción o, como tantas veces, seguirá votando con el bolsillo. Porque en la Argentina las pasiones muchas veces suelen ganarle a la razón: ayer fue la épica futbolera, hoy la fiebre Colapinto, mañana Milei. Y en ese fanatismo ciego está el verdadero deporte nacional: ilusionarnos rápido, chocarnos más rápido todavía.
Por Dr. Bryan Villalba



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