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Mantener el equilibrio entre conflicto y negociación es la clave para que un gobierno cumpla sus objetivos y complete su mandato. La historia demuestra que cuando esta ecuación se rompe, los resultados son catastróficos: tanto para los dirigentes como para el pueblo, que termina pagando el costo de decisiones apresuradas o mal calculadas. El conflicto permanente erosiona, pero la negociación sin límites también puede derivar en debilidad. Lo que se necesita es el punto de encuentro que permita gobernar sin perder legitimidad ni rumbo.
La última semana, más precisamente el 27 de agosto, comenzó oficialmente la campaña electoral que definirá quiénes ocuparán las bancas en el Parlamento argentino. Como si se abriera una gatera, todas las fuerzas políticas salieron a mostrar sus armas. Algunas con limitaciones, otras desplegando todo su poder de fuego y capacidad de dispersión. La política Argentina entró en un clima de pulseada, donde cada sector mide fuerzas no solo con el adversario, sino también hacia adentro de sus propias filas.

El inicio convulsionado, primero en Buenos Aires y luego en Corrientes —donde se elige gobernador—, ha comenzado a agigantar una figura que durante años buscamos desterrar de la política: la violencia y el desprecio por quienes piensan distinto.
Lo que debería ser un proceso electoral ordenado, digno y democrático, se vio ensuciado por enfrentamientos que nada tuvieron que ver con el debate de ideas. Algunos sostienen que el pueblo debe manifestarse a cualquier costo; otros creen que las reformas deben ser defendidas aunque para eso haya que avalar la violencia.
Entre libertarios y no libertarios, la realidad en la calle es aún más brutal. Mientras el debate mediático se centra en otorgarle más o menos poder a Javier Milei, la discusión verdadera debería ser cómo hacer la vida de los argentinos más sencilla. Reducir la elección a un plebiscito sobre Milei es, en definitiva, un tiempo perdido y una oportunidad desperdiciada. Lo que está en juego es la posibilidad de construir un parlamento más humano, capaz de dialogar, de escuchar y de enfocarse en los intereses de los votantes, no en los de las cúpulas o en ambiciones personales.

En paralelo, se observa la fractura de un gobierno que apostó todo su fundamento al poder de las redes sociales y que ahora comienza a derretirse como un cubo de hielo al sol. El andamiaje digital que sostenía su imagen pretende trasladarse a las calles, pero allí las reglas son otras: no hay algoritmo que ordene el caos social ni “likes” que contengan la bronca acumulada. La ausencia de dirigentes con peso político fuera de Casa Rosada es un punto débil cada vez más evidente, y ya empieza a desgastar la gestión.
Sostener una campaña y sostener un gobierno exige estructura: un mensaje claro y la cohesión de la tropa, para que gestión y propuesta se lean del mismo modo. Cuando esto falla, aparecen las fricciones: hacia afuera, con la oposición y la sociedad; y hacia adentro, con los propios aliados. Hace unos años, el hartazgo social trituraba la voluntad de la gente, que buscaba alguien que representara la honestidad y los valores perdidos. Milei supo construir ese relato, pero no pudo sostenerlo.

Por otro lado, el relato del pasado ofrece las mismas recetas de siempre: educación, salud y honestidad como slogans de campaña. Palabras correctas, pero sin un plan concreto que explique cómo lograr bienestar sin dinamitar un modelo u otro. Esta falta de propuestas claras solo puede comprenderse observando la ausencia de liderazgos sólidos, nacidos de partidos políticos o de proyectos colectivos. Cuando distintas opiniones se articulan bajo el bien común, la política se vuelve más que una competencia personal: se convierte en horizonte de soluciones.
A menos de una semana de campaña, los fanatismos ya mostraron su versión más peligrosa. Los motores apenas comienzan a calentarse y ya parece inevitable que lo que viene supere la pirotecnia verbal. Si no hay responsabilidad, la violencia puede salirse de control y dejar víctimas, a manos de fanáticos que no supieron equilibrar su bronca con su necesidad de ser escuchados.
En este contexto, es clave recordar los roles. Mediar entre interés y necesidad es responsabilidad del Ejecutivo. Mediar entre propuestas y futuro es responsabilidad de la oposición. Cuando ambos pierden esa función, el eje democrático se rompe, y son otros —ajenos al interés colectivo— los que terminan definiendo nuestro futuro.
Pero también hay otra responsabilidad: la de los ciudadanos. Elegir con conciencia, informarse más allá de slogans y exigir propuestas realizables es la única manera de equilibrar la balanza frente a los extremos. La sociedad no puede quedar en un rol pasivo, observando la disputa desde la tribuna. Tiene que ser parte activa, crítica y vigilante, porque el silencio ciudadano siempre lo aprovechan los sectores que menos representan al bien común.

Si los liderazgos políticos fracasan y los ciudadanos se resignan, el camino queda libre para que corporaciones, fanatismos o intereses externos marquen el rumbo. La democracia no se sostiene sola: necesita dirigentes capaces de dialogar, instituciones fuertes y una ciudadanía comprometida en exigir lo que le corresponde. No se trata de esperar milagros ni de caer en la trampa de relatos que prometen un futuro ideal, sino de construir paso a paso, con realismo y con la convicción de que el bien común vale más que cualquier fanatismo.
Quedan casi dos meses de campaña. En ese tiempo veremos si quienes nos pusieron en esta situación son capaces de explicar cómo salimos de ella, o si la sociedad apuesta por quienes, aún en los peores contextos, lograron sostener con responsabilidad el timón del gobierno. Esta elección no es un trámite más: es la oportunidad de decidir si seguimos atrapados en relatos de poder y bronca, o si recuperamos la política como herramienta de diálogo, gestión y futuro.



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