En los pasillos de Olivos debe respirarse un aire espeso. No hace falta estar ahí para imaginar la escena: luces bajas, nervios al rojo vivo y, de fondo, esa melodía deprimente de Green Day: “wake me up, when September ends”.
Al presidente le cayó encima todo junto: el “coimas gate”, la paliza electoral en Buenos Aires, los papelones en el Congreso y, como si fuera poco, una interna feroz dentro de La Libertad Avanza. Traiciones, reproches y una cacería de culpables. El sueño libertario convertido en una versión criolla de Gran Hermano con guillotina incluida.
Ayer, obligado por el tembladeral, Milei apareció en cadena nacional para explicar el presupuesto 2026 y dar un mensaje político. El tono fue otro: habló de consensos y, en especial, de la necesidad del apoyo de los gobernadores. Les tiró un guiño con la extinción del régimen de obligaciones recíprocas, incluido en el presupuesto. Una concesión inesperada, casi un acto de humildad fiscal. Pero los mandatarios provinciales ya se reagruparon en la Liga de Gobernadores, lanzando duras declaraciones y dejando en claro que tienen la llave para salvar o hundir al Gobierno.
El mensaje también buscó rescatar al votante desencantado, sobre todo a la clase media que no llega a fin de mes mientras escucha que “lo peor ya pasó”. Milei promete inversión privada y crecimiento, pero en la mesa del argentino sigue faltando el asado y sobra el puré de promesas.
Jubilaciones, discapacidad y universidades aparecen como los grandes ganadores del presupuesto. Un alivio, sí, aunque con sabor a estrategia defensiva: cuando el ajuste ya no alcanza, siempre queda repartir una cuota de migajas selectivas para calmar los gritos del Congreso.
Por momentos se vio a un Milei distinto. Menos incendiario, más calculador. Ratificó el equilibrio fiscal como dogma, pero entendió que necesita frenar algunas batallas. Sabe que si no tiende puentes rápido, los mismos gobernadores que hoy corteja serán los primeros en firmar su acta de defunción política. Ellos pueden garantizarle leyes en el Congreso… o encabezar el colectivo de la desestabilización que, con un kirchnerismo inflado, volvió a ponerse en marcha.
Milei parece haber caído en la cuenta de que se ha quedado solo. Mientras afuera se relamen con la esperanza de la Asamblea Legislativa y el sueño de una renuncia, adentro todo se desmorona. El famoso “triángulo de hierro” —Karina, Francos y Caputo— está resquebrajado. La interna arde. Se habla de traición, de abandono de la batalla cultural y de un presidente que le soltó la mano a quienes lo llevaron al poder.
Mientras los de adentro se pelan, los de afuera disfrutan con bidones de nafta en la mano, felices de ver cómo el libertario se prende fuego solo. Si Milei insiste en ensimismarse en su capricho de Deidad libertaria, septiembre no terminará nunca.
El Gobierno movió. Pero la jugada huele más a manotazo de ahogado que a estrategia brillante. Milei sigue siendo un presidente que solo cede cuando ve el abismo de frente. Y esa es la peor noticia: en Argentina, parece que la única forma de torcerle el brazo al libertario es esperar a que esté al borde del colapso. En resumen, alguien ayude al Presidente… o al menos que le alcancen un casco.
Por Dr. Bryan Villalba



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