El dato es contundente y atraviesa a toda la sociedad: más del 40% de los niños, niñas y adolescentes de entre 5 y 17 años en Argentina presenta sobrepeso u obesidad. La cifra, respaldada por organismos de salud y retomada por la Federación Argentina de Cardiología, expone una problemática estructural que combina cambios culturales, sedentarismo, hábitos alimentarios y transformaciones en la vida cotidiana.
En este contexto, y en el marco del 6 de abril, Día Mundial de la Actividad Física, establecido por la Organización Mundial de la Salud, la cardióloga pediátrica Dra. Celeste López, integrante del Comité de Cardiología del Ejercicio de la FAC, ofreció una mirada integral en diálogo con Radio Up, donde abordó no solo las cifras, sino también las causas profundas y los desafíos que enfrenta la sociedad.
Una radiografía preocupante: la obesidad como nueva normalidad
Lejos de ser un fenómeno aislado, la obesidad infantil se ha naturalizado. “Si uno observa un aula con diez chicos, cuatro o cinco tienen sobrepeso u obesidad. Es una realidad que vemos todos los días”, explicó López, graficando el alcance del problema.
Esta “normalización” es, precisamente, uno de los mayores obstáculos. Durante años, se instaló la idea de que un niño “gordito” era sinónimo de salud, bienestar o buena alimentación. Sin embargo, la evidencia médica actual desmonta ese concepto: el sobrepeso en la infancia no es una condición estética, sino un factor de riesgo metabólico y cardiovascular.
Más allá de la alimentación: el peso del sedentarismo
Si bien la dieta ocupa un lugar central en el debate, la especialista puso el foco en un aspecto muchas veces subestimado: las conductas sedentarias.
“Podemos creer que somos activos porque vamos al gimnasio o porque los chicos hacen alguna actividad en la escuela. Pero si el resto del día lo pasamos sentados frente a pantallas, seguimos siendo sedentarios”, advirtió.
La diferencia entre “hacer ejercicio” y “no ser sedentario” es clave. El problema no es solo la falta de actividad física, sino la acumulación de horas de inactividad: televisión, celulares, videojuegos, computadoras. Un modelo de vida que limita el movimiento espontáneo, reduce el gasto energético y favorece el aumento de peso.
En este escenario, la tecnología no es el único factor, pero sí un elemento central en una trama más compleja que incluye falta de espacios seguros, rutinas familiares exigentes y cambios en los hábitos de crianza.
El cuerpo habla: consecuencias que empiezan en la infancia
Uno de los puntos más sensibles de la entrevista fue la advertencia sobre las consecuencias a mediano y largo plazo. López fue clara: los efectos de la obesidad infantil no se limitan al presente, sino que proyectan enfermedades hacia la adultez.
Entre las principales complicaciones, enumeró:
- Hipertensión arterial
- Resistencia a la insulina y diabetes tipo 2
- Acumulación de grasa en órganos como el hígado (hígado graso)
- Depósitos grasos en el músculo cardíaco
- Desarrollo temprano de enfermedad coronaria
“Hay chicos que ya presentan placas en las arterias coronarias. Esto antes era impensado”, alertó.
El mecanismo es progresivo: el exceso de glucosa en sangre, producto de una alimentación desequilibrada y la falta de actividad, genera una respuesta del organismo que termina almacenando grasa en distintos tejidos, afectando órganos vitales.

El movimiento empieza antes de caminar
Uno de los aportes más enriquecedores de la especialista fue la idea de que la actividad física no comienza en la adolescencia ni en la escuela, sino desde los primeros meses de vida.
“Un bebé ya hace actividad física cuando está boca abajo, cuando levanta la cabeza, cuando se da vuelta, cuando interactúa”, explicó. Este tipo de movimientos, conocidos como estimulación motriz temprana, son fundamentales para el desarrollo neuromuscular.
Incluso, el proceso se inicia antes del nacimiento. Durante el embarazo, la actividad física materna influye en el desarrollo del bebé, generando condiciones metabólicas y hormonales favorables.
A medida que el niño crece, el movimiento se transforma en juego: correr, saltar, trepar, explorar. Sin embargo, ese proceso natural hoy se ve interrumpido por la creciente exposición a pantallas y entornos más restrictivos.
Una hora por día: la recomendación que cuesta cumplir
De acuerdo a las recomendaciones internacionales, los niños y adolescentes deben realizar al menos 60 minutos diarios de actividad física de intensidad moderada a vigorosa. Es decir, actividades que impliquen esfuerzo, que generen cansancio y aumenten la frecuencia respiratoria.
Sin embargo, en la práctica, este objetivo está lejos de cumplirse. Las razones son múltiples: falta de tiempo en las familias, dificultades de acceso a espacios recreativos, inseguridad, y una organización social que prioriza actividades sedentarias.
Familia, escuela y ejemplo: los pilares del cambio
La transformación, coinciden los especialistas, no puede recaer solo en los niños. El cambio debe ser colectivo y sostenido.
“La clave es el ejemplo. No alcanza con decirle a un chico que se mueva, hay que mostrarle cómo”, sostuvo López.
En ese sentido, la familia aparece como el primer espacio de construcción de hábitos. Actividades simples como caminar, jugar en la plaza, realizar tareas domésticas o compartir tiempo al aire libre pueden marcar la diferencia.
La escuela, por su parte, es un escenario estratégico. Sin embargo, la especialista cuestionó la baja intensidad de las clases de educación física y propuso repensarlas como espacios de aprendizaje del movimiento, incorporando pausas activas, recreos dinámicos y propuestas más atractivas.
Pantallas, placer inmediato y salud mental
El avance de la tecnología también impacta en el plano emocional. Las pantallas generan estímulos constantes que activan circuitos de recompensa en el cerebro, dificultando la adopción de hábitos más saludables.
Frente a esto, la actividad física se posiciona como una herramienta clave: mejora el estado de ánimo, reduce la ansiedad y contribuye a la regulación emocional.
“El ejercicio libera dopamina, genera bienestar y puede ser una ‘medicina’ para muchas problemáticas actuales”, explicó López, en referencia al aumento de trastornos de ansiedad y depresión en edades tempranas.
Beneficios integrales: una inversión en salud
Desde la Federación Argentina de Cardiología destacan que la actividad física es una de las intervenciones más efectivas en salud pública. Sus beneficios abarcan múltiples sistemas:
En el plano cardiovascular, reduce entre un 20% y un 35% el riesgo de eventos. A nivel metabólico, disminuye hasta un 50% la probabilidad de desarrollar diabetes tipo 2. En el cerebro, favorece la producción de factores que mejoran la memoria y el aprendizaje, y protege contra el deterioro cognitivo.
Además, fortalece músculos y huesos, mejora la función inmunológica y promueve una mejor calidad de vida.

Reconstruir la cultura del movimiento
La conclusión es tan clara como desafiante: la sociedad ha perdido el hábito de moverse.
“Antes los chicos buscaban qué hacer. Hoy tienen todo al alcance de una pantalla. Tenemos que volver a generar esa necesidad de movimiento”, reflexionó la especialista.
Recuperar esa cultura implica repensar la crianza, la educación y los espacios comunitarios, pero también asumir una responsabilidad colectiva.
Porque detrás de cada niño sedentario no hay solo una elección individual, sino un entorno que condiciona, limita o facilita.
“El último gigante” se estrenó en Netflix y posiciona a Misiones como escenario del cine internacionalhttps://t.co/avGuFQL8Ni pic.twitter.com/0LQxrNBFsB
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