De Irán a Ucrania, las guerras revelan un mundo donde la soberanía se reduce a resistir y la humanidad se convierte en rehén de la lógica del mercado
Las guerras en curso —Irán, Ucrania— emprendidas por Rusia, Estados Unidos e Israel no son solo enfrentamientos militares: son laboratorios de poder donde se cruzan la política, la economía, la religión y la moral. En este tablero, el miedo se ha convertido en la verdadera moneda, y su precio se mide tanto en barriles de petróleo como en vidas humanas. Lo que vemos es la instrumentalización del miedo como sustituto de la política, un miedo que paraliza, que disciplina, que convierte a sociedades enteras en rehenes de decisiones tomadas lejos de ellas.
La pregunta inevitable es la de la legitimidad. ¿Qué legitimidad tienen los líderes que deciden estas guerras frente a sus propios pueblos? En Estados Unidos, Trump enfrenta el costo interno de una economía golpeada por la inflación energética. En Irán, Mojtaba Jamenei hereda un poder sostenido más en la narrativa del martirio que en la capacidad de garantizar bienestar. Israel se presenta como defensor de su seguridad, pero su ofensiva abre un nuevo ciclo de violencia en la región y asesina a muchos inocentes. En Ucrania, Zelenski se sostiene en la épica de la resistencia, mientras Putin justifica la invasión como defensa de su esfera de influencia. En todos los casos, la política se reduce a la administración del miedo, y la legitimidad se mide no por el consentimiento, sino por la capacidad de imponer narrativas de supervivencia.
El Estrecho de Ormuz se convierte en metáfora del mundo atrapado. Un punto geográfico que concentra la fragilidad del sistema internacional y que, bajo amenaza de cierre, se transforma en arma. Irán, debilitado militarmente, convierte su geografía en estrategia: cerrar Ormuz, atacar navíos, proyectar caos. Estados Unidos e Israel buscan mostrar fuerza, pero cada ataque refuerza la narrativa iraní de resistencia. Rusia y China aprovechan la crisis para negociar recursos energéticos a precios de descuento, sin comprometerse militarmente. En Ucrania, el Donbás y Crimea cumplen un papel similar: territorios convertidos en símbolos, cuellos de botella que concentran tensiones históricas y que se transforman en armas de legitimación. El tablero global se reconfigura: no estamos ante guerras locales, sino ante pulsos por la hegemonía energética, logística y monetaria.
El costo humano es el rostro más brutal de estos conflictos. La población iraní sufre bombardeos, represión y precariedad. Las niñas muertas en una escuela bombardeada son la imagen más desgarradora de una guerra que convierte la infancia en víctima colateral. En Ucrania, ciudades enteras como Mariúpol o Bajmut se convierten en ruinas, y millones de refugiados cruzan fronteras buscando un lugar donde sobrevivir. En Europa, familias se ven obligadas a elegir entre pagar calefacción o alimentos. En Asia, trabajadores pierden empleos por la parálisis industrial. En América Latina, la inflación y el encarecimiento golpean la seguridad alimentaria y empujan a la migración forzada. El miedo se traduce en hambre, desempleo y desarraigo. Sociedades enteras son reducidas a cifras en algoritmos financieros que calculan el precio del crudo o del gas, como si la vida pudiera medirse en variables de mercado.
La economía es el terreno donde el miedo se convierte en activo. El petróleo supera los 100 dólares por barril, y las corporaciones energéticas y de defensa capitalizan la volatilidad. Los mercados financieros convierten la incertidumbre en dividendos. Los ganadores invisibles son las empresas que maximizan beneficios; los perdedores cotidianos son los ciudadanos que ven erosionado su poder adquisitivo. América Latina, sin autonomía estratégica, se convierte en rehén del dólar: presupuestos calculados con un crudo a 60 o 70 dólares se enfrentan a una realidad de más de 100, y la diferencia se llama inflación. En Europa, la dependencia del gas ruso se convierte en un arma que reorganiza alianzas y fractura proyectos de integración. El miedo se convierte en un dispositivo silencioso pero brutal de reordenación y profundizacion de las desigualdades.
La pregunta moral es inevitable: ¿puede justificarse una guerra preventiva? Algunos argumentan que sí, que el peligro real e inmediato del programa nuclear iraní o de la expansión rusa justifica la acción. Pero incluso si aceptamos esa lógica, ¿qué responsabilidad tienen los líderes que deciden bombardear instalaciones nucleares, ciudades enteras o civiles? La proporcionalidad, la distinción entre combatientes y no combatientes, la búsqueda de la paz como fin último: todos estos criterios se ven erosionados en guerras que convierten la población civil en daño colateral y la economía global en rehén. Lo que vemos es la normalización del miedo como herramienta de gobierno, y esa normalización es el verdadero fracaso moral, pero tal parece que la moralidad ahora es más bien un acto de resistencia en la política y la geopolítica que el verdadero deber ser.
La pregunta por el sentido de la victoria se vuelve central. ¿Qué significa “ganar” en un conflicto donde la resistencia y la supervivencia se convierten en objetivos? Irán no busca derrotar militarmente a Estados Unidos, sino sobrevivir lo suficiente para proclamar victoria. Estados Unidos no busca solo seguridad, sino reafirmar su hegemonía. Israel no busca solo defensa, sino consolidar su posición regional. Rusia no busca solo territorio, sino demostrar que puede desafiar el orden occidental. Ucrania no busca solo recuperar tierras, sino sostener la idea de nación frente a la agresión. La victoria se redefine como capacidad de resistir, de imponer narrativas, de sobrevivir al caos. Pero esa redefinición erosiona la noción misma de soberanía: cuando la economía global y la narrativa religiosa o nacionalista se entrelazan, la soberanía deja de ser capacidad de decidir y se convierte en capacidad de resistir.
El derecho internacional queda atrapado en la paradoja. La Carta de la ONU prohíbe el uso de la fuerza salvo en defensa propia, pero la guerra preventiva se justifica como necesidad. Los ataques a instalaciones nucleares o civiles se presentan como defensa de la seguridad global, pero violan la soberanía de un Estado. Las sanciones económicas se justifican como presión diplomática, pero generan hambre y precariedad. El derecho se convierte en instrumento de legitimación, más que en límite. La violencia se globaliza y el derecho se convierte en retórica. En Ucrania, las resoluciones y condenas internacionales se multiplican, pero no detienen la artillería ni los drones. En Irán, las sanciones se acumulan, pero no frenan la represión ni el cierre de Ormuz. El derecho se muestra impotente frente a la lógica del miedo.
El precio del miedo, entonces, no se mide solo en barriles de petróleo o en índices bursátiles. Se mide en la erosión de la vida cotidiana, en la precariedad de los trabajadores, en la infancia bombardeada, en la migración forzada, en la inflación que reorganiza las desigualdades. Se mide en la legitimidad erosionada de los líderes, en la fragilidad del sistema internacional, en la moral debilitada de la guerra justa. Se mide en la redefinición de la soberanía como resistencia y en la conversión del miedo en moneda de cambio.
Y he aquí la pregunta final: ¿Aceptaremos que la humanidad sea rehén de un mercado que mide la vida en barriles y acciones bursátiles?. El desafío es rescatar la capacidad de comenzar algo nuevo en medio de la guerra, de la incertidumbre, del miedo. Rescatar la dignidad como eje, la justicia como horizonte, la libertad como posibilidad. Porque el verdadero costo de estas guerras no está en los mapas militares, sino en la erosión de la humanidad. Y el precio del miedo, si no lo enfrentamos, será la normalización de un mundo donde la vida se mide en cifras y la política se reduce a la administración de la incertidumbre.
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