milei
El espectáculo vivido durante la apertura de sesiones el pasado domingo dejó muchos puntos para analizar y varias cuestiones para ir desmenuzando.
El papel en el que el presidente se posicionó a la hora de dar el discurso de inicio de sesiones no fue un mero acto improvisado; fue una verdadera puesta en escena de un líder que hoy goza de un apoyo mucho más amplio del que lo encontró cuando asumió hace dos años. Con el aliciente —nada menor— de que enfrente se encuentra la nada misma. Una oposición reducida en números parlamentarios y, sobre todo, huérfana de conducción.
La escena fue quirúrgica. No hubo disparos al azar. El presidente eligió cuidadosamente a quiénes confrontar: a Nicolás del Caño, a Myriam Bregman y, en abstracto, a la bancada kirchnerista. Un sparring cómodo. Un antagonista funcional. Javier Milei volvió a referenciar a Cristina Fernández de Kirchner como jefa opositora, sabiendo que su figura concentra rechazo y hoy se encuentra fuera de toda competencia electoral por su inhabilitación perpetua.

Y allí aparece la primera gran dicotomía argentina: una oposición que necesita un líder que la ordene, pero cuyos principales nombres arrastran más pasado que futuro; y un oficialismo que necesita, paradójicamente, que ese liderazgo opositor exista para poder polarizar con eficacia.
Porque la política argentina —nos guste o no— se organiza en torno a antagonismos claros. Sin enemigo visible, el relato pierde densidad. Sin polarización, el músculo electoral se atrofia. Milei lo sabe. Por eso construye adversarios. Los nombra. Los caricaturiza. Los eleva incluso cuando no lo merecen, porque necesita que haya alguien del otro lado del ring.
La oposición, en cambio, parece atrapada en un laberinto de egos y nostalgias. El kirchnerismo no logra emanciparse de su liderazgo histórico; el peronismo no kirchnerista no logra diferenciarse sin romper; y el resto de las expresiones opositoras orbitan sin gravitación suficiente. Nadie coordina. Nadie sintetiza. Nadie enamora.
Este año, además, tiene la particularidad de que el calendario empieza a teñirse de clima presidencial mucho antes de lo previsto. Si la economía continúa en recesión o si el ajuste comienza a mostrar su costado más áspero, el humor social puede mutar con rapidez. Y en ese escenario, Milei necesitará algo más que un monólogo encendido: necesitará un adversario claro, identificable, competitivo, mucho mas que un discurso del pasado, comenzar a pensar en el futuro.

La reelección no se construye en el vacío. Se construye contra alguien.
Allí radica la ironía mayor: mientras la oposición busca desesperadamente un líder que la salve de la irrelevancia, el oficialismo podría terminar fabricando el suyo. No por convicción democrática, sino por necesidad estratégica. Porque sin un “ellos” potente, el “nosotros” se desdibuja.
Argentina vive entonces una extraña simbiosis. La oposición necesita orden. El oficialismo necesita antagonismo. Ambos se necesitan más de lo que admiten.
Y en esa dependencia mutua se juega buena parte del próximo capítulo político: si emerge un liderazgo opositor real que dispute poder o si, como hasta ahora, Milei seguirá peleando contra fantasmas útiles, cómodos y funcionales a su propia narrativa.



//



