El mercado laboral argentino atraviesa una de sus etapas más complejas de los últimos años, con indicadores que muestran un deterioro simultáneo en la cantidad de empleo, la calidad de los puestos de trabajo y la capacidad del entramado productivo para sostener ocupación. En este escenario, los datos oficiales confirman una tendencia que ya no aparece como coyuntural sino como parte de un proceso más profundo.
Durante el último año, se perdieron 124.735 puestos de trabajo registrados, lo que representa una caída del 1,2%, de acuerdo con cifras de la Secretaría de Trabajo. Sin embargo, la magnitud del fenómeno se amplía si se toma como punto de partida el inicio de la gestión del presidente Javier Milei, en noviembre de 2023: desde entonces, la contracción alcanza a 322.412 trabajadores (-3,1%), consolidando un retroceso sostenido del empleo formal.
Lejos de tratarse de un ajuste homogéneo, la caída del empleo presenta múltiples dimensiones que permiten trazar una radiografía integral del mundo del trabajo en la Argentina actual.
El corazón del ajuste: el empleo asalariado registrado
El impacto más fuerte se concentra en el empleo asalariado registrado del sector privado, históricamente considerado el núcleo más estable del sistema laboral. En el último año, este segmento perdió 94.198 puestos (-1,5%), reflejando la retracción de la actividad económica y la cautela empresarial frente al contexto macroeconómico.
A esta dinámica se suma el sector público, que redujo su planta en 29.372 trabajadores (-0,9%), en línea con las políticas de ajuste fiscal, y el empleo en casas particulares, que registró una baja de 1.174 puestos (-0,3%), aunque con una caída mucho más pronunciada si se analiza el período completo desde fines de 2023.
En ese sentido, desde noviembre de ese año, el empleo privado formal acumula una pérdida de 189.839 puestos (-3%), mientras que el sector público retrocede en 110.936 empleos (-3,2%). El caso más crítico es el del trabajo doméstico, que evidencia una contracción de 21.637 empleos (-4,7%), lo que lo posiciona como el segmento más golpeado en términos relativos.
El economista Luis Campos sintetiza el escenario con una referencia contundente: el nivel actual del empleo asalariado privado se ubica en valores similares a los de enero de 2015, lo que implica un retroceso de casi una década en términos de generación de trabajo formal.

Empresas que desaparecen: el tejido productivo en retroceso
La caída del empleo no puede entenderse sin observar lo que ocurre con las empresas. En enero, el sistema productivo perdió 1.632 empleadores, lo que equivale a más de 77 empresas menos por cada día hábil.
De acuerdo con la Superintendencia de Riesgos del Trabajo, actualmente quedan 488.177 unidades productivas activas, una cifra que refleja el debilitamiento del entramado económico.
Si se amplía la mirada desde el inicio del actual gobierno, la destrucción empresarial asciende a 24.240 compañías, lo que no solo impacta en el empleo presente, sino que también condiciona la capacidad futura de recuperación.
Este proceso no solo implica menos puestos de trabajo, sino también una pérdida de diversidad productiva, menor competencia y una mayor concentración económica en determinados sectores.
Sectores en tensión: entre la caída estructural y los rebotes puntuales
El análisis sectorial permite identificar con mayor precisión dónde se concentran las mayores dificultades. La industria manufacturera aparece como uno de los sectores más afectados, con una pérdida de 42.540 empleos en el último año (-3,6%). Si se considera el pico alcanzado en agosto de 2023, la caída se profundiza al 6,1%, ubicándose entre los niveles más bajos de las últimas dos décadas.
El comercio, otro de los grandes empleadores del país, también muestra signos de debilidad, con una contracción del 1,4% interanual, reflejo de la caída del consumo y la pérdida de poder adquisitivo.
En paralelo, sectores como Explotación de minas y canteras registran una fuerte baja de 8.034 puestos (-8,6%), mientras que la intermediación financiera pierde 4.402 empleos (-2,9%). Incluso actividades que habían sido dinámicas en los últimos años, como la informática, comienzan a mostrar señales de desaceleración.
En contraste, algunos rubros presentan leves mejoras. La Construcción, tras el freno inicial vinculado a la paralización de la obra pública, muestra dos meses consecutivos de crecimiento y suma 2.699 puestos (+0,7%) en el último año. También crecen la Pesca (+2,6%), la Enseñanza (+0,6%) y el Suministro de electricidad, gas y agua (+0,7%).
Sin embargo, estos incrementos resultan insuficientes frente a la magnitud de las caídas, lo que configura un balance general negativo.
Monotributo en alza: ¿emprendedurismo o refugio ante la crisis?
Uno de los rasgos más distintivos del actual escenario es el crecimiento del trabajo independiente, especialmente bajo la figura del monotributo. En el último año, este segmento incorporó 85.819 trabajadores (+3,1%), impulsado principalmente por el aumento de 93.724 nuevos monotributistas (+4,5%).
Lejos de interpretarse como un fenómeno exclusivamente vinculado al emprendedurismo, este crecimiento es leído por distintos analistas como una respuesta defensiva frente a la pérdida de empleo formal.
De hecho, el incremento del trabajo independiente no logra compensar la caída del empleo registrado, lo que se traduce en una reducción neta de 38.916 personas dentro del sistema laboral.
Además, la composición interna de este universo muestra señales de fragilidad: disminuyen los monotributistas sociales (-0,9%) y los trabajadores autónomos (-1,4%), lo que sugiere que el crecimiento se concentra en segmentos de menor estabilidad e ingresos más variables.

Salarios en retroceso: el otro rostro de la precarización
El deterioro del empleo no se limita a la pérdida de puestos de trabajo. También se expresa con fuerza en la evolución de los salarios. Aunque la remuneración promedio muestra una leve mejora real del 0,1%, este dato esconde una realidad más compleja.
La mediana salarial, que refleja con mayor precisión la situación de la mayoría de los trabajadores, registra una caída del 2,5% en el poder adquisitivo, lo que evidencia una pérdida de ingresos en los sectores medios y bajos.
Los datos del SIPA profundizan este diagnóstico: en febrero de 2026, el salario promedio del sector privado registrado cayó un 0,2% en términos reales respecto al mes anterior, mientras que los salarios de los convenios colectivos retrocedieron un 1,7%.
El caso del convenio de Comercio, que alcanza a más de 1,2 millones de trabajadores, resulta paradigmático: sufrió una caída del 6,7% interanual, impactando de manera decisiva en el promedio general.
En conjunto, el salario promedio de convenio acumuló una baja del 5,9% interanual, consolidando un escenario donde la inflación y la dinámica paritaria erosionan el poder de compra.
Un escenario abierto: entre el ajuste y la incertidumbre
La actual configuración del mercado laboral argentino deja al descubierto un proceso de transformación que combina ajuste económico, reconfiguración productiva y cambios en las formas de inserción laboral.
La caída del empleo registrado, la desaparición de empresas y el avance del trabajo independiente configuran un escenario donde el empleo se vuelve más inestable, fragmentado y, en muchos casos, menos protegido.
En este contexto, las perspectivas a corto plazo aparecen atravesadas por la incertidumbre. La posibilidad de que el mercado laboral encuentre un piso dependerá de múltiples factores, entre ellos la evolución de la actividad económica, el consumo interno, la inversión y el rumbo de las políticas públicas.
Mientras tanto, los datos actuales ofrecen una conclusión clara: el empleo en Argentina no solo se reduce, sino que también cambia de forma, y en ese proceso, la calidad del trabajo se convierte en una de las principales variables en disputa.
Alerta en PAMI: profesionales aseguran que atraviesan una crisis “como nunca antes”https://t.co/UXZFq8D8iM pic.twitter.com/57NRdAQAw2
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