La dinámica del crédito en la Argentina vuelve a mostrar señales de tensión, con un dato que se consolida como uno de los más sensibles del escenario económico actual: la morosidad de las familias continúa en ascenso y alcanzó en febrero el 11,2%, marcando su decimosexto incremento consecutivo. El registro, elaborado por la consultora 1816 en base a la Central de Deudores del Banco Central de la República Argentina (BCRA), no solo confirma una tendencia persistente, sino que además expone el impacto directo que tienen las condiciones macroeconómicas sobre la capacidad de pago de los hogares.
El salto es significativo si se observa la evolución reciente. En enero, la mora se ubicaba en 10,6%, mientras que hacia octubre de 2024 apenas alcanzaba el 2,5%, lo que implica que el nivel actual se multiplicó por más de cuatro veces en pocos meses. Se trata, además, del punto más alto desde 2004, lo que ubica al fenómeno en una perspectiva histórica preocupante.
El crédito se tensiona en todos los frentes
El deterioro no se limita exclusivamente a las familias, aunque allí se manifiesta con mayor crudeza. En paralelo, la morosidad de las empresas mostró un leve incremento, pasando de 2,8% a 2,9%, mientras que el conjunto del sector privado escaló del 6,4% al 6,7%.
Sin embargo, el dato más crítico emerge del sistema no financiero, donde el nivel de irregularidad en créditos a hogares rozó el 30% (29,9%) en febrero, con una suba de más de dos puntos en apenas un mes. Este segmento —que incluye financieras, billeteras virtuales y otros prestamistas— presenta una exposición particularmente elevada, tanto por el perfil de sus usuarios como por el costo del financiamiento.
En ese universo, que representa cerca del 17% del total del crédito a familias, el impacto es más profundo debido a que concentra a sectores de menores ingresos, que son los más vulnerables frente a variaciones en precios, salarios y tasas.

Ingresos en retroceso y empleo en tensión
El aumento de la morosidad no ocurre en un vacío. Por el contrario, se inscribe en un contexto donde los ingresos reales muestran signos de debilitamiento. Según los datos más recientes, los salarios privados registrados acumularon en enero su quinta caída consecutiva, alcanzando el nivel más bajo de los últimos 18 meses.
A esto se suma un mercado laboral que también evidencia fragilidad. La tasa de desempleo se ubicó en el 7,5% en el último trimestre de 2025, el valor más alto desde la pandemia, lo que refuerza la presión sobre los ingresos familiares y, en consecuencia, sobre su capacidad de cumplir con obligaciones financieras.
Este deterioro se traslada de forma casi directa al sistema crediticio, donde cada vez más hogares encuentran dificultades para sostener sus compromisos.
Crecimiento económico desigual
Aunque algunos indicadores de actividad sugieren niveles elevados de producción, el crecimiento no se distribuye de manera homogénea. Los sectores que impulsan la expansión —como el agro, la energía y la minería— tienen bajo impacto en la generación de empleo, mientras que las actividades más intensivas en mano de obra atraviesan un escenario contractivo.
La industria manufacturera, por ejemplo, registró una caída del 8,7% en febrero en comparación interanual, y acumula una contracción del 6% en el primer bimestre de 2026. Dentro de este universo, el sector automotriz lidera las pérdidas con un desplome de hasta 24%, seguido por rubros como maquinaria, equipamiento y textiles.
Este desbalance productivo profundiza las dificultades en el mercado laboral y limita la recuperación del ingreso disponible, generando un círculo que impacta directamente en el crédito.
Tasas elevadas y financiamiento cada vez más caro
Otro de los factores determinantes detrás del aumento de la morosidad es el alto costo del financiamiento. Si bien la tasa de referencia del sistema se mantiene en torno al 20%, los préstamos personales operan en niveles significativamente superiores.
En el inicio de abril, la tasa nominal anual a 30 días para préstamos personales bancarios ronda el 70%, lo que equivale a una tasa efectiva cercana al 100% anual. En el caso de entidades no financieras, estos valores son aún más elevados, especialmente si se considera el Costo Financiero Total (CFT), que incorpora comisiones, seguros e impuestos.
Este escenario encarece el acceso al crédito y, al mismo tiempo, aumenta la probabilidad de incumplimiento, especialmente entre quienes ya presentan una situación financiera ajustada.
Un problema estructural que atraviesa al sistema
Uno de los elementos que refuerza la gravedad del fenómeno es su carácter extendido. La suba de la morosidad se registró en 28 de las 30 principales entidades financieras, lo que descarta que se trate de situaciones aisladas o decisiones puntuales de otorgamiento de crédito.
Por el contrario, los datos sugieren la presencia de un problema macroeconómico transversal, vinculado a la evolución de los ingresos, el empleo y el costo del dinero.

Señal de alerta en el corazón del consumo
En este contexto, la morosidad creciente se consolida como un indicador clave para entender las tensiones de la economía real. Más allá de los números agregados, el dato expone una realidad concreta: cada vez más hogares tienen dificultades para sostener su nivel de consumo y cumplir con sus compromisos financieros.
Con un crédito caro, ingresos en retroceso y un crecimiento que no logra derramarse hacia todos los sectores, el sistema enfrenta un desafío que trasciende lo financiero y se instala en el centro mismo de la vida cotidiana. La evolución de estos indicadores en los próximos meses será determinante para evaluar si se trata de un fenómeno transitorio o del inicio de una fase más compleja para las familias argentinas.
Una multitud marchó en Posadas para visibilizar la crisis de la discapacidad y reclamar pagos atrasadoshttps://t.co/Wx4cBsmeeh pic.twitter.com/iBaVu5935K
— Radio Up 95.5 (@radioup955) April 9, 2026



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