Hasta el día en que se conmemora el paso a la inmortalidad del General Don José de San Martín, los candidatos a diputados nacionales tenían tiempo para presentar sus propuestas. Los frentes y partidos recibieron días antes la asignación de colores que definirán sus espacios. Solo resta conocer quiénes se postularán para esta contienda electoral.
A menos de diez días para que comience la campaña, las propuestas ya asoman en el horizonte. Nos encontraremos con los anti Milei, los anti-renovación, los que siguen hablándole al ombligo y otros que parecen desconocer qué proponer en medio de un mar de incertidumbre interna.
Esta elección se cruza con la realidad de los misioneros, marcada por un desinterés que se refleja también a nivel nacional. La economía, el descreimiento en la dirigencia política y la sensación de que las oportunidades se demoran en llegar explican, al menos en parte, esta apatía ciudadana.

La lista de causas podría ser más extensa. Como decía Michelle Bachelet al asumir la presidencia de Chile, “no estamos para diagnosticar sino para resolver”. Y si de resolver se trata, el verdadero desafío no es solo cómo bajar la inflación o generar empleo, sino cómo garantizar que la Democracia siga siendo relevante y que la participación ciudadana sea valorada como instrumento de transformación.
En este contexto, conviene recordar a Hannah Arendt, quien sostenía que la acción política auténtica surge cuando los ciudadanos participan y toman decisiones colectivas. Si la dirigencia continúa ignorando este principio, la democracia corre el riesgo de volverse irrelevante. Hoy, los conflictos vinculados a la irrupción del presidente Javier Milei y las tensiones con los gobiernos provinciales son, en buena medida, consecuencia de líderes que han priorizado el interés personal sobre el bien común.

Estos líderes, enrolados en falsos esquemas opositores, enfrentan el reto de renovar estructuras, proponer nombres frescos y desplazar a quienes confundieron al electorado hasta el punto de que su palabra ya no tiene credibilidad. El principal obstáculo son sus propias candidaturas, muchas veces obtenidas por capricho y no por trayectoria ni por haber marcado un rumbo claro.
La diferencia entre quienes conducen y quienes se esconden en trincheras se nota en la capacidad de transmitir ideas y soluciones. Algunos, desde sus redes sociales, esbozan opiniones que resultan intrascendentes frente a lo que logran concretar en el territorio. Y mientras los ciudadanos esperan propuestas reales, emergen discursos sobre pureza política, promesas de castidad ética y recetas mágicas para seducir al electorado.
El votante busca algo distinto: líderes que definan intereses, que roben tristezas y no pertenencias, que hablen de esperanza y no de ajuste. Aquellos que logren transmitir confianza, ofrecer opciones claras y demostrar compromiso con los problemas reales de la provincia serán quienes verdaderamente marquen la diferencia.

Entre los aspirantes, surgen nombres conocidos de procesos electorales pasados. Algunos aseguraron trabajar por Misiones, aunque en los hechos solo repitieron tibias objeciones al oficialismo. Sin demostrar errores, sin proponer alternativas, rompieron acuerdos políticos y traicionaron la fe de quienes depositaron en ellos su confianza. Hoy vuelven como si el pasado pudiera olvidarse, pero la memoria ciudadana no olvida tan fácilmente.
En medio de este escenario de egos y liderazgos que no terminan de expirar, la oposición enfrenta el desafío de despertar credibilidad en el votante. El liderazgo no puede reducirse a la exaltación de la masa ni a la propaganda personal; debe inspirar compromiso, visión y acción. El llamado electoral no debería ser un grito de destrucción, sino la posibilidad de custodiar lo logrado y preparar el terreno para nuevos líderes que encarnen los problemas reales y no diferencias ideológicas que solo dividen.
Las internas son parte del pasado. Las diferencias personales alimentan la mediocridad. La mezquindad de los partidos opositores refuerza la apatía presente. La verdadera alternativa será la que defienda la salud, proteja la educación, garantice salarios y lo pueda demostrar en los hechos.
La política no debería ser un ring donde se midan egos, sino un puente hacia el futuro. Los misioneros esperan dirigentes que se animen a soñar, comprometerse y construir certezas. Tal vez ahí radique la verdadera oportunidad: devolverle a la gente la confianza de que participar vale la pena, porque solo con participación se abre el camino a una provincia más justa, inclusiva y esperanzadora.



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