El reciente egreso de dos hermanas que pasaron más de una década en los hogares de la Fundación Tupá Rendá permitió visibilizar una realidad poco conocida: el proceso que atraviesan los adolescentes que crecen bajo medidas de protección judicial cuando alcanzan la mayoría de edad.
En diálogo con Radio Up, la presidenta de la institución, Neni Valdez, explicó que la salida de los jóvenes no ocurre de manera automática al cumplir 18 años, sino que forma parte de un trabajo de preparación que comienza varios años antes y que continúa incluso después de alcanzada la mayoría de edad.
“Cuando empiezan los niños y van superando los 10, 11 o 12 años ya vamos imaginándonos que va a llegar la mayoría de edad, porque la probabilidad de adopción de adolescentes es cada vez más baja a medida que van creciendo”, señaló.
Valdez remarcó que la preparación apunta a brindar herramientas para que los jóvenes puedan desenvolverse de manera autónoma al momento de dejar el hogar. Entre los objetivos se encuentran la finalización de los estudios, la capacitación en oficios y el desarrollo de proyectos laborales o educativos acordes a las capacidades e intereses de cada uno.
“Tratamos de que logren la escolaridad máxima posible. También promovemos el aprendizaje de un oficio, un emprendimiento o una carrera. Todo depende de las aspiraciones y capacidades que tenga cada joven”, sostuvo.

Un camino hacia la independencia
La titular de la Fundación Tupá Rendá explicó que, a diferencia de lo que sucede en muchas familias, los jóvenes que dejan los hogares convivenciales no pueden regresar una vez concretado el egreso, ya que las instituciones están destinadas exclusivamente a menores judicializados.
“Ellos una vez que salen del hogar ya no pueden regresar porque nosotros tenemos niños menores. Una vez que se toma la decisión ya es de salida, no tienen retorno”, afirmó.
Por ese motivo, la construcción de redes de apoyo resulta fundamental. En el caso de las dos hermanas que recientemente dejaron el hogar, la fundación trabajó junto a sus hermanas mayores, quienes habían egresado años atrás, y con un grupo de colaboradores comprometidos a acompañarlas en esta nueva etapa.
Valdez detalló que ambas jóvenes cuentan con herramientas concretas para comenzar su vida independiente. Una de ellas se formó como masoterapista y ya posee una cartera de clientes, mientras que la otra realizó capacitaciones en panadería y facturería con la intención de desarrollar un pequeño emprendimiento.
Además, ambas acceden al Programa de Acompañamiento para el Egreso (PAE), una beca estatal destinada a jóvenes que salen de hogares convivenciales y continúan sus estudios.
La importancia de la contención afectiva
Durante la entrevista, Valdez destacó el impacto emocional que tiene para los jóvenes encontrar en el hogar un espacio de protección y afecto después de haber atravesado situaciones de abandono, violencia o vulneración de derechos.

“Ella habla de familia, de contención, como que no es una despedida porque siempre va a estar. Realmente es muy lindo”, expresó al recordar las palabras de una de las jóvenes durante su despedida.
La presidenta de la fundación señaló que muchos niños y adolescentes llegan con profundas heridas emocionales y con una visión negativa de los adultos debido a las experiencias sufridas en sus entornos familiares de origen.
“Es muy importante que salgan con buenos sentimientos, porque así saben que afuera pueden encontrar buenas respuestas y no solamente cosas negativas”, manifestó.
Según explicó, la tarea cotidiana consiste en demostrarles que existen adultos capaces de acompañarlos, comprenderlos y brindarles oportunidades para construir un futuro diferente.
Hogares con alta demanda
Mientras algunos jóvenes alcanzan la independencia, otros continúan ingresando a los hogares convivenciales. Valdez reveló que recientemente ingresó un niño de cinco años y advirtió sobre el crecimiento de la demanda de asistencia.
“Los hogares están saturados y hay una demanda de asistencia increíble”, aseguró.
La dirigente indicó que el sistema enfrenta una realidad compleja: por un lado, existen numerosas familias inscriptas para adoptar; por otro, los hogares continúan recibiendo niños y adolescentes que requieren medidas de protección.

En ese contexto, destacó el apoyo permanente de la comunidad y agradeció la colaboración de vecinos, empresas e instituciones que acompañan el trabajo de la fundación.
“La sociedad es impagable. Siempre está la providencia que nos ayuda”, expresó.
Entre las necesidades más frecuentes, mencionó la provisión de frutas frescas para los niños que residen en los hogares.
“No hace falta que sean frutas caras. Una bolsa de mandarinas para cada casa ya es una ayuda enorme”, comentó.
Para Valdez, el acompañamiento comunitario sigue siendo una pieza clave para garantizar oportunidades a quienes más lo necesitan.
“Yo soy una convencida de que un mundo mejor es posible; basta con que cada uno haga algo”, concluyó.



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