Las operaciones de la política son maniobras que un partido o sector político realiza para beneficiar o perjudicar a un espacio determinado. La solvencia de este recurso radica en cuatro factores específicos: estrategia, manejo de tiempos, construcción de un relato y el uso de distintos recursos, como medios de comunicación, actores políticos, movimientos sociales, rumores y gestos públicos.
Cuando esta maquinaria comienza a funcionar, las respuestas siempre deben ser medidas y acordes a la fuente de la acusación. Es lo recomendable; sin embargo, hay un hecho clave para que esto sea posible, o al menos para que, mientras dure el fuego enemigo, pueda sostenerse en el tiempo: la política y sus aliados.
Mientras el gobierno pretende continuar con su relato de déficit cero, se despliega una operación política destinada a justificar sus actos, rompiendo puentes y manteniendo a su base activa con la idea de que todos los que no piensan como el presidente son “casta”. Este espíritu clasista perdió fuerza a medida que ciertos intereses internos crecían dentro del gobierno, mostrando que lo que se señalaba como problema no era ajeno a quienes conducen el país.

Paralelamente, comienzan a filtrarse hechos que ponen en duda la legitimidad de quienes conducen el país: primero, si son realmente los hermanos Milei quienes gobiernan; segundo, si su supuesto compromiso está vinculado a la República o a intereses ajenos a los ciudadanos. La corrupción, la persecución, el narcotráfico y sus vínculos con candidatos del oficialismo son hechos que, sin duda, erosionan un relato que a casi dos años de gobierno no logra mostrar resultados. La economía se enfría constantemente, la inflación oficial no refleja la que se siente en el bolsillo, las instituciones resuelven cada vez menos problemas y el conflicto con sectores no políticos se intensifica: salud, educación, discapacidad y jubilados.

Sin embargo, este relato no es homogéneo. En medio de la incertidumbre económica y política, algunas provincias logran sostener políticas públicas que impactan realmente en la vida de los ciudadanos. Misiones, por ejemplo, ha desarrollado programas que priorizan la niñez y la protección de sectores vulnerables, demostrando que, aun con recursos limitados y frente a un escenario nacional convulsionado, es posible gestionar con eficiencia y sensibilidad social. Esta contradicción es inevitable: mientras desde el centro se promueve un discurso de ajuste y meritocracia, los territorios que logran resultados tangibles revelan la distancia entre el relato y la realidad.
Es aquí donde las operaciones políticas cobran un rol central: no solo buscan manipular la opinión pública, sino distraer de las falencias de gestión. La polarización constante, los ataques mediáticos y los escándalos filtrados funcionan como cortinas de humo, desviando la atención de la falta de políticas concretas y del estancamiento económico que afecta directamente a millones de argentinos. No es casual que cada anuncio de “reformas estructurales” se acompañe de exposición mediática, consolidando la narrativa del gobierno aunque los indicadores reales sigan mostrando retrocesos.

Otro factor a considerar es el efecto en la opinión pública. Las operaciones políticas no solo buscan resultados inmediatos, sino modificar percepciones, instalar sospechas y mantener activos los apoyos de la base. La narrativa de la “casta” funciona como mecanismo de cohesión interna: mientras los adversarios son desacreditados, el núcleo duro se mantiene movilizado y justifica decisiones que afectan directamente la vida cotidiana. Esto no elimina las consecuencias de una inflación que golpea los bolsillos, un empleo que se precariza y servicios esenciales que continúan deteriorándose.
Lo más preocupante es que estas operaciones fragmentan la sociedad. Cada acusación, filtración o escándalo dirigido, lejos de resolver problemas, aumenta la desconfianza y dificulta la construcción de consensos necesarios para políticas de largo plazo. Los ciudadanos perciben que la política es un juego de intereses y que su bienestar queda subordinado a luchas internas y discursos estratégicos. En este marco, cualquier intento de diálogo o colaboración institucional se ve erosionado por la lógica del enfrentamiento constante.
A casi dos años de gobierno, las consecuencias son evidentes: mientras algunas provincias demuestran que la gestión eficiente y responsable es posible, a nivel nacional el relato oficial parece cada vez más desconectado de la realidad cotidiana. Las operaciones políticas, que podrían considerarse herramientas estratégicas, se vuelven un fin en sí mismas: la política no se ejerce para gobernar, sino para sostener una narrativa que justifique decisiones cuestionables y mantenga a la base activa, incluso a costa del deterioro social y económico.

En este contexto, la responsabilidad de la oposición también merece atención. La debilidad o dispersión de quienes podrían contrarrestar las operaciones del oficialismo amplifica su efectividad. Sin una estrategia clara y coherente, los partidos opositores reaccionan a los golpes en lugar de proponer alternativas, dejando que la agenda pública sea dictada por quienes manipulan la percepción y no por quienes podrían ofrecer soluciones tangibles.
Finalmente, es imprescindible recordar que la política, más allá de las operaciones y los relatos, debería centrarse en resultados concretos. La sociedad no se sostiene con discursos ni maniobras mediáticas; se sostiene con educación de calidad, salud accesible, empleo digno y una economía que permita planificar el futuro. Mientras estas necesidades básicas queden subordinadas al interés estratégico de mantener una narrativa, las operaciones políticas seguirán cumpliendo su papel de distracción, pero nunca de gobierno efectivo.
La pregunta que queda flotando es clara: ¿podrá la política argentina desprenderse de la lógica de la operación para recuperar su función principal, que es gobernar para la gente? O, por el contrario, ¿seguiremos atrapados en un ciclo donde la percepción importa más que la realidad y el relato se convierte en el verdadero motor de la acción política? A casi dos años de mandato, la respuesta aún no es evidente, pero quienes sufren las consecuencias son los ciudadanos, que observan con incredulidad cómo la política se juega en un escenario lejos de sus necesidades diarias.



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