A dos semanas de las elecciones nacionales, la campaña entra en su fase final con un oficialismo que ya no se siente tan cómodo. Lo que al comienzo parecía una victoria asegurada para Javier Milei hoy se ve como una carrera ajustada, con encuestadores que se animan a hablar de empate técnico —e incluso de una posible derrota de La Libertad Avanza.
Los escándalos recientes, que salpicaron a su entorno más cercano, golpearon la imagen del Presidente y expusieron la improvisación del gobierno ante las acusaciones de corrupción interna. Consciente del daño, Milei decidió refugiarse en el interior: recorrerá varias provincias en estos días y cerrará la campaña en Córdoba, su bastión simbólico contra el kirchnerismo, intentando reactivar la épica de la “libertad” donde todavía su discurso resuena.
En paralelo, el oficialismo celebra un respiro financiero: el nuevo acuerdo de swap con Estados Unidos trajo calma momentánea al mercado y alejó el fantasma de la típica corrida preelectoral. La estrategia es clara: sostener el dólar, ganar tiempo y evitar que el kirchnerismo use cualquier tropiezo como su propio “agosto de 2019”. En Balcarce 50 lo saben: si la economía se mantiene quieta, Milei puede seguir soñando con otro mandato. Si se desborda, el desenlace es incierto.
Del otro lado, el kirchnerismo desempolva su liturgia y prepara su misa política de cada 17 de octubre. Este año el acto tendrá sede en San José 1111, con un tono abiertamente electoral y una expectativa central: la aparición —aunque sea simbólica— de Cristina Fernández desde su balcón de la historia, esta vez en prisión domiciliaria.
Los organizadores esperan convertir la fecha en un punto de inflexión emocional, algo que reactive la mística perdida entre internas, derrotas y silencios prolongados. Massa recorre el interior intentando sumar volumen político; Kicillof se consolida como el eje bonaerense; y los sindicatos, todavía divididos, esperan una señal de unidad que solo Cristina puede ofrecer.
El país entra en las últimas dos semanas antes de votar. De un lado, un Milei que juega a contener el dólar y salvar su discurso del derrumbe moral de su entorno. Del otro, un kirchnerismo que busca en el recuerdo del peronismo clásico el combustible para una nueva resurrección.
Entre swaps y balcones, la política argentina vuelve a su zona de confort: el drama.
Porque si algo distingue a esta tierra, es su talento para bordear el abismo con una sonrisa y creer, una vez más, que esta vez —ahora sí— todo va a cambiar.
Por el Dr. Bryan Villalba



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