El lunes amaneció con un golpe de realidad: la dura derrota del gobierno en las elecciones bonaerenses. No fue solo un revés electoral, sino la bofetada necesaria para bajar a tierra a los operadores de La Libertad Avanza.
El oficialismo prometió una rápida autocrítica, aunque sin tocar la macroeconomía —el plan es innegociable, aseguran—. La revisión será interna, buscando culpables. Pero en un país donde la sociedad espera que rueden cabezas, la tibieza oficial se siente como una burla.
En La fatal arrogancia, Friedrich Hayek advertía sobre la soberbia del planificador que cree dominar un orden más grande que él mismo. En su afán por rediseñar la sociedad, acaba destruyendo lo que la hizo posible. Esa soberbia lo condena.
Hoy, Javier Milei repite esa historia. Convencido de que su fuerza personal, sus gritos y su convicción bastan para arrastrar a un país hacia la libertad, se lanzó a la tormenta despreciando a su tripulación. Como el capitán que corta amarras y cree que el mar se doblegará ante su voluntad, terminó descubriendo que el oleaje es más fuerte que los discursos.
La ilusión de que se podía ir contra todos se agotó rápido. Y no solo frente a los de afuera: también hacia adentro. Milei permitió que sus listas se llenaran de oportunistas, improvisados y hasta traidores que no tardaron en hacer públicas sus dudas sobre la dirigencia libertaria.
Hoy este enojo se manifiesta ya en los propios armadores y defensores del gobierno, que se atreven a hacer público su enojo con los Menem y los Pareja, como los responsables de haber realizado el armado a su mero antojo. Y si puertas adentro el clima es tenso, para los de afuera lo es aún más. En esta búsqueda de dar una imagen nueva y ampliar la mesa de toma de decisiones, el libertarismo retoma la tarea de dialogar con los gobernadores y utilizarlos de brazo consultivo.
Pero la jugada nace herida: los mandatarios se sienten usados tras haber sostenido la Ley Bases y blindado los vetos del Presidente, sin nada a cambio para sus provincias. Lo que sucedió en Buenos Aires en más de una ocasión, con largas charlas y promesas vacías, ya no es una posibilidad para al menos un puñado de gobernadores que no piensan en volver a quemarse; y dentro del propio oficialismo todo sigue orbitando en torno a los Menem, lo cual hace que en definitiva la manija la sigan teniendo los mismos de siempre, lo que despierta un gran rechazo de los libertarios de la primera ola.
El nuevo plan de La Libertad Avanza no convence a nadie. Milei necesita asumir de una vez el rol político de conducción y deshacerse de las manzanas podridas que lo rodean. Si no, difícilmente sobreviva a la verdadera pelea electoral del 26 octubre, y mucho menos tenga posibilidades de llegar 2027.
Tras 20 meses de gestión, el Presidente encarna aquello contra lo que decía luchar. La “fatal arrogancia” ya no es la de los socialistas, sino la propia: creer que se puede gobernar en soledad, contra todos y con cualquiera al lado. La política argentina es una selva: se devora rápido a los ingenuos y a los soberbios. Si Milei no lo entiende, su experimento libertario no pasará de ser otro naufragio en la larga lista de gobiernos que creyeron que podían domesticar el poder.
Por Dr. Bryan Villalba



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