Hacer un análisis, incluso con el diario del lunes, sobre lo que pasó en las elecciones de Misiones no es tarea fácil. La participación más baja en dos décadas no es solo un dato técnico: es una señal clara del desinterés, el desencanto o el hartazgo. La mitad del padrón decidió no votar. Y así, con el voto de uno de cada dos misioneros, se eligieron los nuevos representantes.
Contra todos los pronósticos –y, digámoslo, contra todas las encuestas– la supuesta “victoria aplastante” del Frente Renovador terminó siendo su peor elección desde que existe como fuerza política. No llegó al 30% de los votos, perdió cinco bancas de las que renovaba y se quedó, al menos por ahora, sin los dos tercios. Un empate técnico de 20 a 20 entre oficialismo y oposición en la Legislatura era un escenario impensado hace apenas un mes.
¿A qué se debió semejante desplome? Poco se analiza, al menos públicamente. Pero los errores no forzados abundaron: la detención de policías, la insólita orden de impedirles votar, la decisión de mandar párrocos a cumplir funciones en comisarías... Todas señales de desconexión con la realidad social. En ese contexto, la aparición de Ramón Amarilla –referente sindical de la protesta policial– como diputado sin hacer campaña, con cuatro bancas conquistadas casi por arrastre, fue un verdadero cachetazo.
En la vereda de enfrente, la pregunta era si Hartfield encarnaba la alternativa. ¿Lo era? Sí y no. Porque lo que realmente votó el electorado libertario fue el logo. El sello. El nombre de Milei. Da igual si el candidato era Hartfield, Juan Pérez o el loro del peluquero. La boleta de LLA se buscó como quien busca una salida desesperada. El resultado lo confirma: sorpresa en muchos municipios donde concejales entraron casi sin saberlo, y a algunos tuvieron que despertarlos durante la madrugada para informarles que asumirían.
Otra postal del descontento fue el inesperado resurgir del PAyS, que devolvió a la Legislatura a Cacho Bárbaro. Su mensaje dirigido al productor yerbatero, al comerciante de frontera, a la familia de la chacra –todos golpeados por la inflación, la falta de políticas concretas y la mirada porteñocéntrica del Gobierno nacional– encontró eco. Y fuerte: ganó en localidades como San Vicente, San Pedro y Campo Ramón. Un voto castigo a Milei que también recogió parte del kirchnerismo huérfano de representación, y que encontró en un actor local, curtido y reconocible, a su canal de expresión.
Pero si hubo un frente que dio pena fue “Unidos por el Futuro”, esa alianza improvisada entre la UCR, el PRO y la aún ignota Coalición Cívica. El resultado fue su peor elección histórica desde que se constituyeron como alianza en los albores de Cambiemos. Salieron quintos, perdieron seis bancas y apenas lograron meter un solo diputado. El domingo a la noche, los reproches volaban en el bunker del partido radical, que una vez más arriesgó más de lo que tenía. En medio del éxodo y el mal desempeño, les espera ahora una etapa de revisión, reconstrucción o desaparición. Lo que venga primero.
Si bien es cierto que las elecciones intermedias nunca se comportan igual que las ejecutivas, esta elección dejó claro que el misionero está buscando algo distinto. No sabe muy bien qué, pero sí sabe qué no quiere más: ni hegemonías cerradas ni frentes reciclados.
El contexto nacional pesa. Y mucho. Ya sea para reforzar una tendencia o para dinamitarla. El humor social cambia rápido, y las consecuencias se sienten incluso en los lugares donde antes nada se movía. Los partidos que quieran tener alguna chance en las nacionales de 2025 o 2027 deberán leer con atención el mensaje que las urnas dejaron entre líneas.
En esta nueva Misiones, donde algunos ganaron sin saber muy bien por qué y donde otros aún no encuentran explicación a lo sucedido, lo cierto es que se abre un nuevo panorama. Uno de rearmado dentro del oficialismo, que ahora se ve obligado a revisar sus propios errores, y otro dentro de una oposición liderada por referentes del gobierno de Milei, que –como en ninguna otra provincia– logró hacer pie.
Bienvenidos a la nueva normalidad política de Misiones: incierta, fragmentada y, sobre todo, mucho más impredecible.



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