Beber agua antes de dormir es una práctica habitual que, si bien aporta beneficios para el organismo, también puede generar efectos no deseados durante la noche. Especialistas coinciden en que la clave está en el equilibrio: mantenerse hidratado sin afectar la calidad del sueño.
Por un lado, la hidratación adecuada favorece funciones esenciales como la digestión, la regulación de la temperatura corporal y el correcto funcionamiento renal. Además, contribuye a prevenir molestias como dolores de cabeza, calambres musculares y sensación de fatiga al día siguiente. Incluso, algunos estudios asocian un buen nivel de hidratación con mejoras en el estado de ánimo y la concentración.

Sin embargo, ingerir líquidos justo antes de acostarse puede provocar nicturia, es decir, la necesidad de despertarse para orinar durante la noche. Esta interrupción del sueño impacta directamente en el descanso, generando cansancio y menor rendimiento al día siguiente.
El riesgo aumenta cuando se consume una cantidad excesiva de agua en las horas previas al descanso o cuando se suman otros factores como el estrés, la ingesta de cafeína o ciertas condiciones de salud.

Frente a esto, expertos recomiendan distribuir el consumo de agua a lo largo del día y reducir la ingesta entre dos y cuatro horas antes de dormir. En caso de sentir sed, se aconseja beber solo pequeños sorbos.
De esta manera, es posible aprovechar los beneficios de la hidratación sin comprometer la calidad del sueño, logrando un descanso más reparador y un mejor bienestar general.



//



