Seguramente varios sociólogos puedan explicarlo mucho mejor que yo, pero el contexto por el cual atraviesa nuestro país, en cierta manera, explica ambas cosas.
Vamos por partes.
El fenómeno Therian aparece en un contexto social fuertemente ligado a la necesidad de romper lineamientos individualistas, encuadrados en la doctrina del “sálvese quien pueda”, y profundizado por la falta de líderes claros que canalicen la desesperación de una sociedad que busca expresarse. Jóvenes —en su mayoría— que no encuentran representación en las estructuras tradicionales y optan por redefinirse, reinventarse o directamente reubicarse en otro plano identitario.
No es un fenómeno zoológico. Es político.
Cuando un sector decide abandonar la categoría que le asignó la realidad para construir una identidad alternativa, lo que está diciendo no es “soy otra cosa”, sino “lo que hay no me contiene”. La identidad deja de ser biología o cultura y pasa a ser protesta silenciosa.
Y ahí es donde aparece el paralelismo incómodo.
Porque mientras una parte de la sociedad ensaya mutaciones simbólicas, la política atraviesa su propia metamorfosis. El debate hoy corre por el sendero reformista. El gobierno de Javier Milei avanza con una agenda de ruptura estructural: desregulación, ajuste, rediseño del Estado, poda institucional. Una cirugía mayor sin anestesia retórica.
A diferencia de otros procesos históricos, la sociedad no estalla. Observa. Se informa. Discute. Pero lo hace con cautela. Como si supiera que el sistema previo estaba agotado, aunque no tenga garantías de que el nuevo funcione.
Ese es el punto neurálgico.
El fenómeno Therian es la expresión cultural de una generación que no se siente cómoda en la estructura heredada. La agenda reformista es la expresión política de un país que tampoco se siente cómodo en su molde histórico. En ambos casos hay una pulsión de ruptura. En ambos casos hay desconfianza hacia lo anterior. En ambos casos hay una búsqueda de identidad.
Pero hay una diferencia crucial.
El Therianismo es una respuesta individual ante la falta de orden colectivo. La reforma estatal es una apuesta colectiva ante el agotamiento del orden previo. Uno nace del vacío; el otro intenta llenarlo.
La Argentina lleva años transitando una crisis de representación. La implosión de liderazgos tradicionales, el descrédito de partidos históricos, el deterioro económico crónico. No es casual que en ese caldo emerjan fenómenos identitarios extremos y, al mismo tiempo, un proyecto político que propone dinamitar consensos que parecían inamovibles desde 1983.
El dato más interesante no es que existan jóvenes que se autoperciben animales. El dato interesante es que nadie se sorprende demasiado. La sorpresa se agotó. Y cuando una sociedad deja de sorprenderse por lo disruptivo, es porque ya estaba rota antes.
Lo mismo ocurre con las reformas estructurales. Hace apenas cinco años, varias de las medidas hoy discutidas habrían generado un colapso político inmediato. Hoy se debaten en prime time. Se naturalizan. Se mastican lentamente.
La Argentina Therian no es la que se cree lobo. Es la que dejó de reconocerse en el espejo institucional.
Y cuando un país no se reconoce, puede pasar cualquier cosa: desde reinventarse hasta desdibujarse.
La pregunta de fondo no es si la agenda reformista es correcta o no. La pregunta es si esta mutación será una evolución o apenas otra huida simbólica hacia una identidad que todavía no sabemos si existe.
Porque las transformaciones profundas —sociales o estatales— requieren algo más que ruptura: requieren dirección.
Y ahí está el verdadero desafío.
Si el gobierno logra convertir la ruptura en orden, estaremos ante una refundación.
Si no, la Argentina seguirá buscando qué es. Como los Therian. Pero sin disfraces.



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