Algo hizo clic en la sociedad, más específicamente en los adolescentes. Un movimiento silencioso, una revolución tácita, algo que pasó completamente desapercibido.
Si no, ¿cómo explicamos lo sucedido ayer en Santa Fe? ¿O cómo entra en la cabeza que un chico de apenas 13 años prenda fuego un colegio? ¿O lo que ocurrió semanas atrás, cuando éramos primicia por el intento de suicidio de un adolescente en el primer día de clases en nuestra ciudad?
Tres casos. Un mismo hilo conductor.
Cuesta creerlo, pero también hay una correlación directa con la pospandemia y el exceso de virtualidad, donde hoy se concentra la mayor parte de las relaciones interpersonales. Ese ha sido el refugio de una generación que atraviesa más de un tercio de su día conectada a una pantalla.
Un adolescente de 15 años que ingresa armado a un colegio y dispara directamente a un compañero, mientras todo el país estaba desayunando, no es un caso aislado. Según los primeros datos, el agresor era víctima de bullying. El clásico perfil que ya conocemos pero fingimos no ver: callado, aislado, acumulando bronca en silencio mientras los adultos miran para otro lado o, peor, minimizan. “Son cosas de chicos”, dicen. Hasta que deja de serlo. Y cuando deja de serlo, ya es tarde.
Ese chico no apareció de un día para el otro con un arma. Ese chico fue construido. Día a día. En una casa, en una escuela, en un entorno que falló sistemáticamente.
Falló la familia, donde había un arma al alcance. Falló la escuela, que no detectó —o no quiso detectar— el nivel de violencia que estaba escalando. Falló el Estado, que sigue tratando la salud mental adolescente como si fuera un lujo y no una urgencia. Pero, sobre todo, fallamos como adultos.
Porque mientras todo eso pasaba, el chico no estaba solo: estaba conectado. A redes, a contenidos, a un mundo donde la violencia no solo se consume, sino que se valida. Donde la humillación es entretenimiento y donde el bullying no termina nunca, porque sigue en el celular cuando la puerta de la escuela se cierra.
Ahí tampoco hay controles. Ahí tampoco hay límites. Ahí también decidimos no meternos, porque educar cansa y prohibir genera conflictos.
Entonces hacemos lo más fácil: soltamos el teléfono y después pedimos cárcel.
La falsa solución de la baja de imputabilidad fue pensada para otra realidad: la del conurbano, donde la pobreza, la inseguridad y el consumo adolescente se cruzan en una ecuación explosiva. Pero no viene a solucionar problemáticas de fondo.
Según un reciente informe de Argentinos por la Educación, en un estudio realizado entre adolescentes de 15 años —edad que coincide con el caso de Santa Fe— casi el 50% afirma que es agredido físicamente por sus compañeros varias veces al mes o más. Y esto también expone una responsabilidad concreta: el 87% recurre a docentes ante conflictos, lo que indica que los profesores están al tanto de estas situaciones.
Esto no se soluciona con una reforma penal. Esto se soluciona desde el hogar, la crianza responsable y el control parental sobre el contenido en entornos digitales.
Pero claro, eso no se legisla. Eso no se vota. Eso no se anuncia en cadena nacional.
Eso se hace cargo.
Implica tiempo, presencia, límites. Implica decir que no. Implica involucrarse cuando es más fácil mirar para otro lado. Implica, en definitiva, volver a ocupar el lugar que los adultos abandonaron hace tiempo.
Porque si un chico llega al punto de matar, incendiar una escuela o intentar quitarse la vida, el problema ya no es ese chico.
El problema es todo lo que faltó antes.
Y mientras sigamos discutiendo cómo castigar el resultado, en lugar de hacernos cargo del proceso, vamos a seguir llegando tarde.



//



