impulso
Hay cosas que son innegables, y una de ellas es la identidad, que es muy distinta al «siempre se hizo así». Es importante poder observar esta diferencia por dos puntos relevantes: hacer siempre lo mismo produce una monotonía y en ocasiones no resuelve el problema del momento; por otro lado, cuando hablamos de identidad, explicamos la manera de ser de una comunidad o de un pueblo, en este caso, del país.
Me refiero a que la identidad de la Argentina es mirar de frente a su gente y ver qué falta, qué duele y qué preocupa. En esa sintonía, la verdadera identidad de quienes gobernaron la Nación fue comprender que cuando la economía no funciona —es decir cuando la cadena comercial que sostiene el rumbo diario y que conlleva al vivir del pueblo se frena— allí se debe, con urgencia, ofrecer algún mecanismo que vuelva a hacer girar la rueda.
La macroeconomía celebra sus números. Habla de inflación, superávit y mercados. Pero la microeconomía tiene otro rostro: el del corralón de barrio que espera vender materiales para que un vecino amplíe su casa; el del albañil que necesita una obra para trabajar; el de la ferretería que vende clavos y alambre; el del carpintero que entrega las maderas para terminar una habitación. Esa cadena virtuosa es la economía real. Y es justamente esa economía la que todavía no arranca y observa cómo el Gobierno mira los grandes indicadores mientras espera que también llegue el turno de quienes viven del trabajo cotidiano.

El pragmatismo misionero en el impulso
Esta identidad que actualmente, al menos en la nación, viene relegando sus orígenes al relatar logros vinculados a un sector que no es el que canta el himno nacional, ha despertado una alarma en muchos gobiernos provinciales. Ante esto, los mandatarios locales fueron buscando alternativas para que su economía, pero principalmente la de los provincianos, comience a moverse.
Es así que Misiones, de manera forzada y luego de años de dejar clara su posición histórica respecto al endeudamiento, ha decidido enfrentar la situación explorando vías de financiamiento que promuevan la reactivación de la economía vecinal, aquella que recuerda la identidad y la responsabilidad que tienen los gobernantes sobre sus gobernados. Esta medida, que incluso fue celebrada por dirigentes libertarios locales, reconoce que el rumbo económico nacional tiene aristas que no pueden ser explicadas y que contemplan únicamente intereses de tipo financieros y no de desarrollo humano.
Ahora bien, en este impulso económico, el área por excelencia que tiene un rendimiento explosivo es la infraestructura. Aquella que con el solo hecho de encender un camión que moviliza materiales de construcción ya empezó a motorizar la economía. Detrás de esa llave de arranque hay un albañil que compró alimentos para su familia, una despensa de barrio que necesitó aumentar su stock y un supermercado que debe actualizar sus productos y aumentar el volumen porque la demanda comienza a ser mayor.
Es decir que, de abajo hacia arriba, la economía comienza a empujar y ya no hablamos de derrame sino de un impulso genuino. Este resultado práctico es el motor anímico que motiva a que otros sectores encuentren una oportunidad para emprender, ofreciendo servicios y productos que ayudan a que la maquinaria de la microeconomía tenga sentido y llegue a todos los rincones de la provincia.

La responsabilidad de elegir
Por supuesto que nuestra identidad también nos recuerda que el endeudamiento ha sido un riesgo que en ocasiones puso en peligro los sueños y el mismo desarrollo de una región. Para ello es imprescindible marcar la diferencia: una cosa es endeudarse para fugar capitales o sostener gasto corriente inútil, y otra muy distinta es financiarse para conseguir inversión productiva y reactivación real que pueda hacer frente al desinterés del Estado nacional por una economía que también es importante: la de todos los días.
Sin embargo, la audacia de buscar financiamiento exige como contrapartida una responsabilidad institucional de hierro. No se trata de habilitar un cheque en blanco, sino de establecer mecanismos rigurosos de control y transparencia. El endeudamiento solo es virtuoso si cada peso obtenido se traduce de manera directa, visible y auditable en una obra pública concreta, en una ruta, en escuelas o en tendido eléctrico.
Cuidar que estos recursos no se diluyan en los pliegues de la burocracia ni se utilicen de mala manera es el verdadero límite que separa al pragmatismo de la irresponsabilidad; es la garantía que el pueblo necesita para saber que hoy se financia el futuro y no se hipoteca el mañana
Con ello también se debe comprender que cuando se gobierna se deben tomar decisiones que muchas veces son incómodas pero necesarias para proteger a los propios. En este sentido, al igual que viene sucediendo en otras provincias, Misiones elige no quedarse con los brazos cruzados esperando que en algún momento el derrame nacional ocurra.
Hubo una época en la que muchos gobernantes creían que la inmortalidad política consistía en quedar retratados en el bronce. Hoy, ese privilegio no estará reservado para quienes sostengan dogmas inalterables mientras la gente atraviesa dificultades o abandona su país buscando horizontes mejores.
El bronce será para quienes comprendan que gobernar no es defender teorías sino mejorar vidas; para quienes tengan el coraje de priorizar el bienestar colectivo aun cuando ello implique revisar convicciones y desafiar las propias certezas. En definitiva, la historia no recordará a quienes tuvieron razón en sus teorías, sino a quienes mejoraron la vida de las personas.



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