La agenda política nacional se activó más temprano que tarde. Las discusiones por Ficha Limpia y la eliminación de las PASO no solo agitaron el avispero electoral: dejaron expuesta una grieta que muchos intuían, pero que hasta ahora nadie terminaba de admitir públicamente. El divorcio entre el PRO originario y el gobierno de Javier Milei ya no es un rumor de pasillo. Empezó a hacerse visible.
El comunicado de Mauricio Macri, incómodo para propios y ajenos, marcó una diferencia sustancial respecto al acompañamiento casi automático que el PRO venía sosteniendo en el Congreso. Porque durante los primeros dos años del gobierno libertario, el macrismo fue mucho más que un aliado circunstancial: votó proyectos clave, acompañó reformas sensibles y hasta ayudó a blindar vetos presidenciales en momentos donde La Libertad Avanza no tenía volumen político propio para sostenerse sola.
Por eso el cambio de tono no pasó desapercibido.
El PRO adelantó que respaldará Ficha Limpia, una bandera histórica que además le permite diferenciarse moralmente del kirchnerismo, pero al mismo tiempo rechazó la intención del oficialismo de discutir un paquete cerrado junto con la eliminación de las PASO. Ahí apareció la primera señal concreta de ruptura: ya no están dispuestos a firmar cheques en blanco.
Y la tensión fue todavía más lejos. En el entorno de Macri comenzó a circular una instrucción política mucho más agresiva: si la oposición consigue el quórum necesario, los legisladores del PRO podrían acompañar una moción de censura para desplazar al jefe de Gabinete, Manuel Adorni, de su cargo actual. Un gesto impensado apenas meses atrás y que representa probablemente el golpe más fuerte en la relación entre el macrismo y la Casa Rosada desde la llegada de Milei al poder.
Dentro del propio PRO hubo dirigentes que consideraron la jugada inconsulta, especialmente gobernadores y sectores que llevan meses sosteniendo un delicado equilibrio con una Casa Rosada que gobierna tensionando permanentemente las relaciones políticas, incluso con quienes la acompañan.
Pero lo ocurrido el fin de semana no parece un episodio aislado. Es parte de algo más grande: el intento de Mauricio Macri por recuperar centralidad política. El ex mandatario comenzó a mover nuevamente su agenda, con recorridas previstas por distintas provincias y un operativo silencioso para reinstalarse como figura competitiva de cara al año electoral.
La pregunta, entonces, ya no es solamente qué hará Milei. La verdadera incógnita es qué queda del PRO.
Porque el partido que nació como alternativa al kirchnerismo hoy atraviesa una crisis de identidad evidente. Una parte decidió convertirse en oficialismo sin escalas. Otra intenta resistir la absorción libertaria. Y en el medio aparece una discusión incómoda que nadie quiere dar públicamente: ¿el PRO sigue siendo un partido político o se convirtió apenas en una cantera de dirigentes para La Libertad Avanza?
Puertas adentro, la discusión se resume en una frase brutal: “¿con Patricia o sin Patricia?”. Cerca del macrismo duro reconocen que la ministra de Seguridad ya juega políticamente dentro del universo libertario, mientras que Mauricio intenta reconstruir el espacio con aquellos dirigentes originales que todavía no se pusieron la melena de león.
Tal vez el problema de fondo sea otro. Durante años el PRO construyó su identidad alrededor del ejercicio del poder. Pero cuando apareció un liderazgo más confrontativo, más emocional y más radicalizado, buena parte de su dirigencia descubrió que no tenía una doctrina propia para defender, sino apenas una administración más prolija del mismo enojo social.
Y quizás ahí esté el verdadero motivo de esta ruptura. El PRO empieza a entender que ser socio menor del mileísmo lo estaba empujando lentamente hacia la irrelevancia política. Porque en un escenario dominado por la lógica extrema de Javier Milei, acompañar sin discutir no fortalecía al partido: lo disolvía.
En política, los espacios que dejan de representar algo concreto sobreviven un tiempo por estructura, por cargos o por nostalgia. Pero tarde o temprano terminan convertidos en franquicia. O en recuerdo.



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